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                    <text>TRANSCRIPCIÓN – KARLA AGUIRRE
Narradora: KARLA AGUIRRE
Entrevistadora: MARINA LÓPEZ
Fecha de la entrevista: 1 de mayo, 2019
Lugar de la entrevista: Charleston, SC
Duración de la entrevista: 91 min.
MARINA LÓPEZ: Mi nombre es Marina López. Hoy es 31 de mayo del año
2019 y estoy con Karla Aguirre, para hacer una entrevista del proyecto Voces Latinas del
Lowcountry. Karla, buenas tardes, ¿te puedes presentar, por favor?
KARLA AGUIRRE: Mi nombre es Karla Aguirre. Tengo veintitrés años. Nací en
la ciudad de México en el año 1995 y ahora vivo en Charleston, Carolina del Sur.
ML: Contame de México. ¿En qué parte de México creciste? ¿Con quién creciste?
KA: Crecí con mis padres y con mi hermana, específicamente en el lugar que se
llama Tepito. Me acuerdo muy poquito de México. Solamente viví ahí hasta la edad de
seis años y lo poco que me acuerdo es la casa de mis abuelos, de mi papá y de mi mamá.
tengo muy poca memoria de mi niñez en México. Creo que las cosas que resaltan más
cuando la gente me pregunta de México es los juegos que jugábamos como niños con mis
primos, cuando íbamos a la casa de mi abuelita Rufina todos los viernes, todos iban a la
casa y jugábamos ahí y siempre nos metíamos en problemas. Y también me acuerdo de
los tacos, de la calle, pero también me acuerdo de las cosas feas que vivimos en México.
Es difícil crecer hijos en México, es muy caro vivir ahí. Entonces, mi papá era el
que trabajaba. Mi mamá trabajó hasta un tiempo, después de ahí se tuvo que dedicar
solamente a mí y mi hermana. Había mucha violencia, nos asaltaron varias veces en el

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autobús, en el metro y cosas así se quedan con uno como niño. No soy la única que ha
hablado de eso, gente que ha vivido en México también y que ahora vive acá habla de lo
mismo, que se acuerda como niño que alguien asaltó a alguien. Entonces, es como una
mixtura de cosas hermosas, pero también cosas malas que se ven al diario. Pero siempre
me trato de acordar de lo más bonito que pasamos con familia que ahora no vemos.
ML: Si pensás en tu casa en Tepito, ¿te acordás cómo era la cuadra en que vivías?
¿Podés describir cómo era la cuadra?
KA: No me acuerdo de la cuadra, pero un lugar donde sí me acuerdo mucho es--,
vivimos en los mismos apartamentos que la hermana de mi mamá, mi tía Rocío, ellos
viviendo en el segundo o en el tercer piso, y nosotros vivíamos en el primer piso, me
acuerdo. Y era como un edificio rojo y café, estaba como plantado en medio de la nada.
Tenía cerca alrededor, pero era pura tierra alrededor, parece que nada más pusieron ahí
edificio y cuando acabaron de construir se llevaron las máquinas y así lo dejaron.
No vivimos ahí por mucho tiempo porque nos sacaron de ahí, no me acuerdo por
qué, pero me acuerdo que no estuvimos ahí por mucho tiempo. Pero es uno de los lugares
que me acuerdo. Estaba en medio de una calle, el autobús nos dejaba al otro lado de la
calle de dónde vivíamos. Era un lugar muy extraño, era en medio de la nada. No me
acuerdo que hubiera visto tiendas. De mi memora yo nada más tengo como una memoria.
ML: Como si hubiera sido una construcción nueva, un barrio alejado nuevo.
KA: Sí, pero el lugar no estaba muy bonito. Era nada más un cuarto arriba donde
mis papás tenían su cama y tenía una cama para Sandy y yo me dormía en la cama con
mis papás, un baño, unas escaleritas, una sala que combinaba con la cocina y ya.
ML: Era bien pequeña.

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KA: Sí.
ML: Me decís que la otra memoria que tenés es jugando con tus primos en la casa
de tu abuela Rufina. ¿Tu abuela Rufina es abuela por parte de tu mamá o de tu papá?
KA: De mi mamá, es su mamá.
ML: ¿Y te acordás del barrio de la abuela Rufina?
KA: Sí, de eso sí me acuerdo más. Se llama calle 2 de agosto y como muchas
calles y su casa está como en medio de muchas calles. Me acuerdo que si salías de la casa
y te ibas a la izquierda y dabas toda la calle, al final llegabas como a un parque y luego
cruzabas el parque y había un mercado. Si te ibas para el otro lado llegabas a una casa
donde vendían paletas. Y del otro lado había una papelería, como una farmacia, pero
donde solamente vendían cosas para útiles. Y la única razón porque me acuerdo era
porque mis primos compraban cosas ahí.
ML: Nosotros a eso le decimos librería. A mí me encantaba de chica.
KA: Sí, nada más era un puestito así súper chiquito, había un señor e ibas y le
decías qué querías, y te lo daba. A dos calles de la casa de mi abuela, vivía, vive mi tía
Angelina, una de las hermanas más chicas de mi mamá, con su esposo. Sí, me acuerdo
cómo se veía todo. Me acuerdo mucho porque en esa casa pasamos mucho tiempo. Ahí
creció mi hermana. Yo no crecí ahí, ahí creció mi hermana, pero mi mamá nos dejaba con
mi abuela mucho cuando ella trabajaba. Yo era muy pequeña cuando eso pasaba, pero por
lo que sé mi mamá me decía.
La casa de mi abuela es de concreto, toda de concreto, en el patio de atrás todavía
no lo acababan, entonces era tierra, entonces jugábamos ahí afuera con la tierra. Nos
metíamos todos tierrosos y siempre nos regañaban. El segundo piso de la casa, todavía no

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lo acababan. Tenía ventanas. Las ventanas estaban abiertas, o sea, era nada más el
concreto, no tenía puertas, no tenía nada y jugábamos ahí arriba. Una vez con los tabiques
hicimos como una cocina, volábamos papalotes que hacía mi primo Gigio de bolsas de lo
que encontrara.
Y en la casa iban a hacer un tercer piso, pero el tercer piso era así, como nada más
la parte de arriba y había unas escaleras para subir, pero las escaleras no estaban
terminadas. Eran de palos así nada más, unas escaleras que hicieron ahí y me acuerdo que
no nos dejaban ir para ahí arriba porque era peligroso. Y en una de esas nos escapamos
para ahí arriba y los últimos que íbamos cruzando las escaleras era yo y mi primo Ulises,
que somos los más chicos de los grandes. Y justo cuando ya íbamos a la mitad fue
cuando nos vieron nuestros papás que íbamos para arriba y nos bajaron a todos.
Pero entiendo, era peligroso porque no tenía barandal. Íbamos casi, casi gateando
para subir y ahí arriba tampoco había barandal, entonces esos son uno de los recuerdos
que me acuerdo mucho.
ML: ¿Te acordás o sabés por lo que tu familia te ha dicho cuál era el trabajo que
hacía tu papá y tu mamá y qué trabajo hacía el resto de tu familia en México?
KA: Mi mamá y mi papá trabajaban haciendo como invitaciones. No sé cuál sea
la forma correcta que se le diga, pero trabajaban en una casa muy vieja con un señor que
se llamaba Sr. Marescal, que ya falleció. Pero era un señor muy bueno con mi papá y con
mi mamá. Siempre nos hacía de comer, nos traía dulces y la casa era así como estilo muy
vieja. Parte de la casa estaba cerrada, nunca entraba, nada más usaban como dos cuartos y
donde estaba la fábrica.
ML: ¿Como una imprenta?

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KA: Sí, y eran impresores. Hacían invitaciones, hacían tarjetas de trabajo, hacían
todo eso y me acuerdo que había una máquina bien grandota en medio y era donde mi
papá trabajaba. Pero en ese entonces no teníamos la tecnología que tenemos ahorita, era
los finales de los 90s, principio de los 2000. Mi papá tenía que mezclar la pintura correcta
para agregársela a la máquina para que la máquina imprimiera lo que hacía. Mi mamá
hacía lo que le llamaban pegar caja, que pegaba las cajas para hacer los cartones y mi
hermana y yo pasamos ahí mucho tiempo. Era a lo que se dedicaban mis papás y ese fue
el trabajo que yo me acuerdo.
ML: ¿Y ustedes iban con ellos?
KA: Sí, ya cuando fuimos más grandecitas, mi hermana me lleva cinco años,
entonces a lo mejor yo tenía como un año y a lo mejor ella seis, íbamos y nos dormíamos
en cajas para que después trabajaran. También ahí trabajaba mi tío Oscar, que es el
hermano de mi mamá. Y los hermanos de mi papá nunca estuvieron ahí con nosotros.
Cuando vivíamos en México mi papá tenía dos hermanos que vivían en Aguas Calientes
y ellos trabajan para el gobierno, trabajan como tipo censos de México y mis otros tíos
viven aquí en los Estados Unidos.
Y las hermanas de mi mamá, la mayoría de ellas eran madres en casas y sus
esposos trabajaban o vendían tamales, comida en la casa. Era lo más común. Hasta la
fecha mi tía vende pozole y quesadillas y todo eso, y mi abuela tamales. Mi mamá era
como la única que iba y trabajaba en un lugar.
ML: Fuera de la casa.
KA: Uh-huh, y mi tía Lola. Pero nunca supe qué hacía mi tía Lola. Sé que
trabajaba en una oficina, pero nunca supe qué hacía. Esos eran los trabajos que tenían,

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pero no alcanzaba el dinero, entonces a la noche mis papás con mi abuela, en la casa de
mi abuelita, vendían postres, plátanos con crema, papas fritas, todo eso. Eso me acuerdo
mucho porque mi abuela vendía tamales a un lado y mis papás vendían que papas en
espiral y no sé qué tanto, fresas con crema, y tenían mucha gente que iba ahí y a eso se
dedicaban mis papás también.
ML: Así que prácticamente trabajaban todo el día.
KA: Sí.
ML: ¿Te acordás cómo supiste que ibas a venir a Estados Unidos? ¿Supiste que
ibas a venir a Estados Unidos?
KA: No, me acuerdo bien el día que nos dijeron que ya nos iban a traer. Era un
viernes. Habíamos llegado a la casa de mi abuelita Rufina como todos los viernes y así
como íbamos entrando, sonó el teléfono de la casa de mi abuelita y era mi papá
diciéndole a mi mamá, “Prepara a las niñas, ya se las van a llevar.” Y así como entramos,
saludamos a todos y así dijimos adiós y fue la última vez que le dije adiós a mi tía
Claudia, a mi tía Angelina, a mi abuelita y fuimos a la casa de mi abuelita Cuca, donde
vivíamos, mi mamá nos puso ropa en una mochila y le dijimos adiós a mi abuelita Cuca.
Y nos subimos a un autobús y en el autobús venía un señor tocando una guitarra y
venía cantando una canción que hasta la fecha cuando la escucho, la odio, no me gusta
esa canción. Creo que es por el recuerdo de que —, porque yo y mi hermana nos vinimos
a Estados Unidos antes que mis papás. Nos vinimos primero. Y me acuerdo que tomamos
un autobús.
ML: ¿Qué canción es la que odiás?

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KA: No me sé el nombre, es una canción rock en español, pero todavía mi
hermana la escucha y no me gusta. No sé si sea el recuerdo de porque vinimos aquí o
simplemente no me gusta la canción.
ML: Es una asociación fea.
KA: Sí, y yo me acuerdo que mi mamá decía que estaba muy emocionada yo de
venirme. Fuimos no sé dónde era, tomamos un autobús, llegamos a una central de
autobuses y estuvimos ahí por horas y horas.
ML: ¿Conocían a la persona con quién se venían?
KA: Yo no, ni mi hermana, pero era alguien que mi papá conocía. No lo
conocíamos, era una señora. Y cuando llegó, dice mi mamá que me subí a la camioneta,
que ni les dije adiós, que nada más me subí a la camioneta. Tenía seis años.
ML: ¿Y te acuerdas por qué estabas tan contenta en ese momento?
KA: No.
ML: Pensarías que te venías de paseo.
KA: Es más probable. Hasta la fecha yo no puedo entender por qué estaba tan
contenta de subirme a una camioneta con extraños.
ML: Pensarías que estabas de paseo.
KA: Yo pienso que sí.
ML: ¿Tu mamá y tu papá les habían anticipado a ustedes que se venían para aquí,
antes de ese día que fuiste a la casa de tu abuela Rufina, después te volviste a lo de tu
abuela Cuca, te acordás que tu mamá y tu papá te hayan preparado para decir, nos vamos
a vivir a Estados Unidos, ustedes van a irse con gente desconocida o no?

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KA: Yo pienso que sí, yo pienso que nos habían dicho algo, pero yo no me
acuerdo. Yo pienso que prepararon más a mi hermana. Mi hermana tenía doce años.
Pienso que fue a ella a la que le dijeron, “Se van a ir así, ella así se llama. Tienes que
cuidar a tu hermana.” Pero yo no tengo razón de que mis papás me hayan dicho algo. A
lo mejor sí me dijeron, pero estaba muy pequeña.
ML: ¿Tenías seis años cuando te viniste?
KA: Sí.
ML: ¿Se subieron al autobús, y después qué pasó? Esperaste un montón en la
terminal.
KA: Sí, esperamos horas. No llegaron por nosotros hasta la noche. Nos subimos a
la camioneta y cruzamos la frontera esa misma noche.
ML: Y cruzaron la frontera --.
KA: Así, manejando.
ML: ¿Iban sentaditas ustedes?
KA: Sí, íbamos sentadas. Era una van y yo y mi hermana íbamos hasta el asiento
de atrás con otras niñitas que eran hijas de la señora. Y me acuerdo que en el camino nos
dijeron, “Okay, les van a decir que digan American citizens, y yo no podía decir eso. Mi
hermana lo pudo decir, yo no. entonces, dijeron, “Mejor hazte la dormida.”
Y me acuerdo que me acosté en las piernas de mi hermana y ya nos dijeron,
“Okay, ya vamos a llegar.” Y llegamos, pero yo supuestamente estaba dormida, pero
sentía las flashlights en mi cara. Pero no, no dije nada y escuché cuando todos dijeron
“American citizens,” y en menos de diez minutos habíamos pasado. Y así fue cómo
entramos.

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ML: ¿Sabes por dónde pasaron?
KA: Texas, no me acuerdo exactamente dónde por Texas, pero entramos por
Texas.
ML: ¿Y a dónde llegaron a parar?
KA: Llegamos a Texas y llegamos a una casa de unos extraños, no sé quiénes
eran. Y me acuerdo que mi hermana y yo nos despertamos y no había nadie en la casa.
Había un muchacho y una muchacha, no sé quiénes eran, pero yo y mi hermana nos
quedamos en el cuarto. Teníamos miedo y también teníamos hambre. Pasaron horas y
horas y la señora que nos estaba cruzando no llegaba.
Ya cuando por fin la muchacha vio como que nos asomábamos, nos dijo,
“¿Quieren comer?” Y le dijimos que sí y nos hizo huevo y ya de a rato llegó la señora
que nos estaba cruzando. Se había ido de compras con sus hijas. Y estuvimos ahí por
unos días. Después de ahí no me acuerdo a dónde más fuimos, pero me acuerdo que
íbamos a tomar un autobús.
Nos quedamos en un hotel, un motel, seis con una cama y en la cama se durmió la
señora, su hija y mi hermana y había dos sillas así, y las juntaron y yo me dormí en las
sillas. La siguiente mañana fuimos al McDonalds. Porque mis papás le dieron dinero, nos
compraron como chocolates o algo así. Nos pusieron en un autobús y de Texas, creo que
fue, hasta Atlanta, Georgia.
ML: ¿Solitas?
KA: Sí, no me acuerdo que haya ido la señora, porque cuando yo me bajé de ahí
estaba esperando mi tío Enrique, el hermano de mi papá, mi tía Lola, la hermana de mi
papá, y mi prima Jessica, la hija del hermano de mi papá. Esperándonos en Atlanta en

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una tienda. El autobús llegó a la tienda, nos bajamos, ya nos saludaron y nos subimos a
una van y de la van manejamos desde Atlanta, Georgia, hasta Charleston aquí.
ML: ¿Vos los conocías a tus tíos o era la primera vez que los veías?
KA: No, era la primera vez que los veía. Sabía que mi tía Lola había ido a México
antes, pero yo era muy niña para recordar. Al único que conocía de los tíos que estaba
aquí era mi tío Beto, el hermano más chico de mi papá. Y lo había conocido porque él
regresó para casarse en México con su esposa. Y ahí fue cómo lo conocí. Estuvo tiempo
con nosotros, pero el único que conocía de todos ellos. No me acordaba de nadie más.
seis horas después llegamos a la casa, una traila, aquí en Johns Island donde vivía mi tío
Enrique, mi tía Lola, mi tío Joel, mi tía Margarita, sus dos hijos, mi tío Beto, mi tía
Fabiola y ahora nosotros.
Y me acuerdo que llegamos y salieron gente a abrazarnos y nosotros como que
no, no los conocemos. Hacía mucho calor, era agosto. Me acuerdo que entramos a la
traila y nos sentamos en dos sillas ahí luego, luego. Y todo el mundo nos veía y nosotros
como que no, yo no sé quiénes son. Y si — Llegamos ahí, nos dieron de comer, pero
como el resto de las horas después de que llegamos—. No me acuerdo, lo último que me
acuerdo fue que nos sentamos en esas sillas, nos dieron de comer y después de ahí todo es
—.
ML: ¿Cuántas horas calculas, porque me imagino que como nena no deberías
saber, pero cuántas horas calculas que estuviste en viaje desde que saliste del DF hasta
que llegaste Johns Island?
KA: A mí se me hizo una eternidad. Pero yo pienso que fueron como dos, tres
días.

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ML: Y si vos lo pensás como concibe el tiempo una criatura de seis años,
probablemente es una eternidad y cuando se te borró la sonrisa también de estar con
gente desconocida.
KA: Sí, no me acuerdo que si hablamos con mis papás o no en esos viajes. Mucho
para mí fue como —, me acuerdo cosas así de acá pero no sé, creo que sí fueron como
dos o tres días, porque una noche nos quedamos en esa casa extraña, al otro en un hotel,
entonces—.
ML: ¿Qué tipo de trabajo hacía tu familia acá que estaban en Johns Island?
KA: Mis tíos trabajaban para una compañía que se llama Cruz, de landscaping.
Mi tío Beto trabajaba en construcción. Mi tía Fabiola trabajaba en el Ryan’s, y mis tías
trabajaban limpiando casas también.
ML: ¿Hacía mucho que estaban ellos ya en Johns Island o mucho en Estados
Unidos?
KA: En Johns Island creo que sí desde que aquí. Creo que mi tía y mi tío han
estado aquí desde los ochenta, si no estoy mal. Sí, pero por lo que sé, siempre han estado
aquí en Carolina de Sur, porque tenemos otra familia aquí.
ML: ¿Cuándo llegaron tu mamá y tu papá?
KA: Creo que llegaron como un mes después. Creo no sé, pero a mí se me hizo
una eternidad. Ellos ya habían cruzado, pero creo que estaban en la frontera y trataron de
cruzar y no pudieron y luego trataron otra vez y creo que así se le llevaron por un tiempo.
Luego ya pudieron cruzar y estuvieron en Texas con unos familiares que tenemos ahí. Y
luego, ya por fin, llegaron a Carolina del Sur. Pero ellos llegaron a finales de septiembre.

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Entonces, casi un mes, que para mí se me hizo como cinco o seis meses sin mis
papás. Me acuerdo que cuando mi hermana me decía, “Okay, vamos a hablar con mamá y
papá, pero no llores.” Y yo le decía, “No, no, no voy a llorar,” pero lloraba y algo que a
mi mamá siempre se le ha quedado es que le decía, “Está verde, verde, verde aquí.”
porque yo veía muchos árboles. Y sí, nunca me dejaban hablar con mis papás casi.
Bueno, sí me dejaban, pero no querían que hablara con ellos porque me ponía a llorar y
no había nadie que me consolara.
Entonces, decía, “Es que no puedes llorar porque si no tu mamá y tu papá se
quedan preocupados.” Pero yo tenía seis años. Nadie me iba a quitar mis llantos. Y por
fin llegaron mis papás, llegaron a la casa de mi tía Tonia. Me acuerdo que fuimos y
alguien me preguntó, “¿Cómo te has portado Karlita?” Y les dije, “Bien.” Y alguien dijo,
“Bien mal,” y cuando volteé era mi mamá. Mi mamá estaba entre los familiares y ya vi a
mi mamá y ya me acuerdo que la abracé.
Me acuerdo que me iba a sentar en el sillón y ya la volteé y la abracé. Y también
mi hermana, y le preguntamos dónde estaba mi papá, y mi papá estaba escondido en el
baño. Y ya fuimos a buscarlo y fue la noche que llegaron mis papás. Fue como llegaron.
Fue bonito porque habíamos empezado la escuela ya con un lenguaje nuevo. Yo iba a la
Angel Oak, mi hermana iba Haut Gap, no estábamos juntas. Era el tiempo que nos
separaban. La maestra que tuve, porque me metieron en segundo grado, una maestra muy
buena, la primera que tuve.
Ella usaba un diccionario de inglés español para tratar de comunicarse conmigo. y
luego ya me pasaron a otro salón donde había una muchachita que hablaba español,
entonces ella fue la que me ayudó. Pero no me gustaba ir a la escuela. Era muy difícil. No

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entendía. Me ayudaba mi tía a hacer las tareas, pero la verdad es que nadie de mis
familiares habla inglés tampoco muy bien. Entonces, nadie entendía.
Mi tío Beto me enseñaba a contar monedas. Mi hermana tampoco entendía. Mi
hermana también se le hizo muy difícil. Entró directo al middle school—si, no— Mi
hermana aprendió inglés más rápido que yo. Ella lo aprendió al año, a mí me tomó casi
dos años aprenderlo bien. Me acuerdo que tenía clases de ESL con una maestra, pero es
difícil.
ML: Y no había tantos niños por lo que vos me decís, porque te cambiaron de
salón para que estuvieras con otra niñita que hablaba en español.
KA: Sí, no había tantos. En el salón que yo estaba no había nadie. Tenía una
amiguita y era una morenita. Fue mi primera amiga, pero ni ella ni yo entendíamos,
entonces nos hablábamos a señas. Y creo que ya por fin los maestros dijeron, “No, pues,
no la va a hacer.” Me pasaron al otro salón y cuando se acabó el año le mandaron a hablar
a mi mamá y una maestra le tradujo y le dijo que me iban a poner en segundo grado otra
vez el siguiente año. Mi mamá dijo que no, dijo, “No, ella puede, ella puede.” Y sí, me
mandaron al tercer grado donde tuve a mi maestra, Miss A. fue la mejor maestra que
pude haber tenido en el mundo. Ya hablaba inglés un poquito mejor, pero es cuando me
di cuenta que los maestros en verdad tienen mucho que ver cómo uno como niño --.
ML: ¿Qué la hizo tan especial?
KA: Era muy dulce, muy paciente, hacía formas de asegurarnos que nos gustara la
escuela, porque la maestra que tuve en segundo grado no tenía nada de paciencia y estaba
grande también. Bueno, no sé si era porque no hablábamos el mismo idioma, no sé, pero
Miss A. fue una maestra muy dulce, siempre se preocupaba por nosotros, tenía animales.

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Todo lo que hacíamos en la escuela siempre tenía que ver con hacer con tus manos y yo
soy muy así.
A mí me gusta aprender visualmente o ver con manos, hacer cosas, tocar cosas,
entonces ella se aseguró de eso. Ella es de Sud África entonces yo creo que ella entendía
eso como de hablar inglés con un acento, no entender ciertas cosas, creo que también por
eso hubo una conexión más fuerte entre ella y yo. Ella sabía qué era no saber un idioma
bien. Me acuerdo que cuando ya cursé el tercer año y tuve que ir al cuarto grado y no me
gustó, pero nada, pero porque no tenía una Miss A. en el cuarto grado.
Y yo fui la única clase que enseñó en Angel Oak. Cuando acabó ese grado ella se
fue a otra escuela y la volví a ver cuando entré al sexto grado en Charleston Collegiate,
ahí estaba enseñando el segundo grado y ahí fue cuando la volví a ver. Fue chistoso
porque yo siempre pensé, ¿qué le pasó? Y ahí estaba.
ML: Se había cambiado de escuela. Así que te tocó cambiarte de tener tus primos,
de jugar en la calle del barrio a venirte a Johns Island a tener una amiga con la que no
podías hablar.
KA: Sí, vivíamos con mi prima y mi primo y luego al lado estaba la prima de mi
papá con sus tres hijos, entonces con ellos jugamos aquí. Pero no era lo mismo, o sea, sí
hacíamos, deshacíamos, jugábamos, venía el carrito del helado y todo eso, pero pienso
que nunca fue lo mismo como en México. Yo tenía mejor relación con la familia de mi
mamá porque era con los que yo me conocía, con los hermanos de mi papá no tanto
porque siempre estuvieron aquí en los Estados Unidos. Entonces, sí fue muy diferente a
cómo era allá en México.
ML: Tu familia decidió después pasarte a una escuela privada, ¿verdad?

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KA: Sí.
ML: ¿Cómo fue eso? ¿Sabes por qué decidieron eso?
KA: Mi hermana empezó a ir ahí. Cuando llegamos nos dijeron que nos iban a
meter con las monjitas. Entonces había un autobús de mi escuela que nos rejuntaba y nos
lleva a Our Lady of Mercy para hacer tarea. Y de ahí fue donde empezamos a conocer a
esta gente, que ya no está trabajando ahí, pero eran unas monjitas, no me acuerdo sus
nombres, pero muy dulces. Y una de ellas fue la que le dijo a mi mamá de Charleston
Collegiate para mi hermana, y ayudaron a buscarle becas y mi hermana fue.
Entonces, cuando yo estaba en el quinto grado e iba a acabar mi mamá también
quiso mandarme ahí. Me acuerdo que me hicieron los exámenes y me iban a decir si sí
entraba o no, y sí entré. Y también me ayudaron a buscar beca, entonces fue cómo entré
ahí.
ML: Entonces, tu hermana estuvo en Haut Gap un poquito pero después la
mandaron a --. Y esta escuela, Charleston Collegiate ¿es middle y high school o es
middle solamente?
KA: No, entonces mi hermana cursó todo middle school en Haut Gap, cuando
entró a high school fue cuando la mandaron allá y Charleston Collegiate es de PreK hasta
el doce grado. Entonces, es completa la escuela. Pero yo entré ahí desde el middle school.
Cursé middle school y high school en Charleston Collegiate que fue muy diferente a lo
que estaba acostumbrada.
ML: ¿En qué sentido?

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KA: No había tantos niños de color. Cuando entré no entendía muy bien. Bueno,
cuando entré había un niño con el que yo iba a la escuela en Angel Oak, también entró él
ahí.
ML: ¿Otro niño latino?
KA: Sí, el primer grado no le puse mucha atención. No entendía muchas cosas.
Séptimo grado ya fue un poquito diferente. Fue cuando me di cuenta que la escuela que
iba no era lo mismo que la anterior. En esta escuela iba mucha gente de dinero y era
notable que mi familia no tenía dinero. En el octavo grado cambiaron las cosas. Cuando
crucé octavo grado fue cuando mi hermana se graduó de high school, entonces en el sexto
y en el séptimo ahí tenía a mi hermana, en el octavo la tuve, pero cuando entré a high
school ya no estaba mi hermana.
Y cuando entré a high school fue cuando me empecé a dar cuenta que yo era un
poquito diferente a todos los demás. Mi familia no venía de dinero. El color de la piel era
diferente. En esta escuela tienen algo que se llama Winterim y es cada marzo y ponen
diferentes viajes. Siempre hay un viaje grande, unos más chiquitos y unos locales. Pero
tienes que pagar dinero y los viajes grandes siempre eran como Japón, o Italia, a las
Galápagos, a las Bahamas, y fue cuando me di cuenta que yo no podía ir a esos lugares
porque no tenía pasaporte. Y fue cuando empecé a darme cuenta que yo era
indocumentada, en esos momentos cuando entré al ninth grade. Fue cuando empecé a ver
las diferencias entre mi historia, de dónde venía yo, a dónde venían mis compañeros.
ML: ¿Sabías que no tenías pasaporte o fue una cosa que tus papás te tuvieron que
decir?

�Karla Aguirre

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KA: No, fue lo que me enteré yo solita. Creo que mis papás nunca nos dijeron,
“Tú no eres de aquí.” no, fue algo que yo me empecé a dar cuenta sola, pero fue algo
también que tuve que fingir. Entonces en la escuela todos la van, así como de su Spring
Break, fui a las Bahamas, fui acá, bla, bla, bla y pues, nosotros no. Mi mamá trabajaba,
mi papá trabajaba. Cuando llegamos aquí mis papás nos compraron muchas cosas, cosas
que nunca tuvimos en México.
Mis papás siempre se aseguraron de darnos lo mejor que podían, pero cuando vi
que no tenía lo mismo que ellos, se volvió como una doble vida casi. En la escuela yo era
alguien diferente y en mi casa yo era alguien diferente. Hubo un momento en que hasta
me sentía avergonzada de mis papás. Me sentía avergonzada del carro que manejábamos.
No quería que mis papás vinieran a la escuela. No quería que mis papás hablaran español.
Y así fue noveno grado, el diez, once, y cuando me gradué pues todo el mundo
aplicó que a Furman, al Citadel, a College of Charleston, o sea, a escuelas grandes y el
college counselor que teníamos en ese momento, y eso porque yo era indocumentada, y
trató su mejor de ayudarme. Fue cuando recibí DACA en el 2012, entonces recibí DACA
unos meses antes de que me graduara, pero para entonces los college applications ya
habían acabado. Ya había pasado diciembre, entonces ella me llevó a Trident con otro
estudiante que yo no sabía que era indocumentado, pero nos enteramos juntos.
Sabíamos, pero no íbamos a hablar de eso, porque él tanto como yo era como una
doble vida, así de que en casa soy esto, y en la escuela soy algo diferente. Fuimos a
Trident, me ayudó a aplicar, pero fue una experiencia muy—, creo que fue la primera vez
que yo sentí un tipo de discriminación. Comparado al resto de mi familia yo soy la más
güerita y hay muchas veces que por mi color de mi piel me tratan diferente de cómo

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tratan a mi mamá o a mi papá o a muchos de mis amigos. Pero esa vez cuando quisimos
aplicar, me acuerdo que la señora nos dijo, “Oh, aquí no recibimos aplicaciones como
personas como ustedes.”
ML: ¿Y eso era en 2012?
KA: Uh-huh.
ML: Era la época en que todavía estábamos peleando con las universidades de
Carolina del Sur para que aceptaran a los estudiantes.
KA: Sí.
ML: Porque Carolina del Sur había dicho, “no queremos estudiantes que pisen el
campus,” ¿verdad?
KA: Sí.
ML: No solamente no darle becas, no pueden ni pisar el campus. Así que justo en
esa época llegaste ahí.
KA: Sí. Y ya, nos dijeron, “Vayan al edificio no sé qué,” y fuimos al edificio y
me acuerdo que nos sentamos en una sala de espera y luego nos llamó una señora
individualmente. Nos sentó y ya nos empezó a hacer preguntas. Nos pidió nuestro seguro
social, nuestra carta de trabajo, nos pidió la información que necesitábamos y luego nos
dijo, “Okay, ¿qué quieres hacer?” Y ya le dije que quería ser un associates in art, y me
dijo que para qué, y le dije que porque me quería transferir a una escuela de four years
para ser una maestra.
Y me dijo, casi, casi, riéndose, me dijo, “Oh, no pierdas tu tiempo, no te van a dar
la licencia para ser maestra.” y en ese momento sacó una lista de todo lo que NO
podíamos hacer aquí. No podemos ser maestros, no puedes ser abogado, no puedes

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trabajar en criminal justice, no puedes ser nurse, no puede —. Y dije, “Entonces, ¿qué
puedo hacer?” Y me dijo, “Pues, casi nada. No pierdas tu tiempo.” Pero mis papás
querían que yo fuera a la escuela, de todos, me apliqué, tomé el basic english, basic math,
psicología. Lo que una persona hace en un semestre yo lo hice en un año.
¿Por qué? Porque eran casi mil dólares por clase, ochocientos dólares por el
crédito más doscientos dólares por los libros. Era porque a cada rato estaban cambiando
los libros. El mismo que usaron la gente anterior ya no era el mismo que querían.
Después de ese año, cuando me gradué, después del año que hice en Trident me salí.
Dije, “Mamá, yo no quiero hacer esto. No puedo. No me gusta.”
Creo que también tenía que ver que de high school a college fue una transición
muy difícil para mí. Nunca fui mala estudiante, simplemente no me gustó esa transición.
Creo que también tuvo mucho que ver cómo nos trataron cuando tratamos de inscribirnos
a la escuela. Y desde entonces no he pisado un campus de educación al menos para hacer
lo que hago para mi trabajo ahora.
ML: Me pregunto cuando te escucho, qué soledad tan grande la de los estudiantes
que navegan en la escuela siendo una persona, están en la familia siendo otra persona,
pero la gente de la escuela no te termina de entender, la gente de tu familia que quiere lo
mejor para vos tampoco termina de entender, y entonces me pregunto quién te acompaña
en esa soledad, ¿con quién podías hablar de eso de estar en el limbo, de estar caminando
dos culturas? Digo, todos los jóvenes a esa edad están buscando su identidad, ¿verdad?
Pero la historia que contás parece de una gran soledad.
KA: Sí, fueron tiempos muy difíciles en toda mi high school, porque nunca
entendí, porque hubo mucho tiempo de mí que nunca entendí por qué vinimos aquí, para

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qué vinimos aquí. Estando en un país donde no nos quieren, o sea, donde un papel tan
chiquito tiene tanto significado, no importa la persona que eres, no importa lo que quieres
hacer. Pero a la misma vez la mayoría de mis amigos era gente blanca con dinero, donde
sus papás tenían estos títulos tan grandes, donde vivían en casas tan grandes, donde a la
edad de dieciséis tenían los mejores carros.
Entonces, aprender la cultura americana y la cultura mexicana y combinarlos en
una persona, fue muy difícil. Yo quería ser americana, o sea, decía, okay, soy blanca,
hablo el idioma. Hubo mucho tiempo que yo me sentía más americana que mexicana, y
veía a la cultura mexicana y decía, “ay, por favor”. Mi mamá me ponía almuerzo y lo
tiraba, no lo comía. Nunca le llevaba sus tuppers. Decía, “¿Dónde están mis tuppers?”
“Ay, se me olvidó.”
Pero la verdad es que los tuppers estaban en la basura, porque me daba tanta pena,
sentía tanta humillación de que todo el mundo viera de dónde era. Pero creo que no soy la
única que pasa por eso. Hay muchos estudiantes que pasan por ese momento,
especialmente en high school, porque estás tratando de averiguar quién eres, qué quieres
hacer. Tienes la presión de que, okay, ya te vas a graduar, ¿dónde vas a ir a la escuela? Y
agrégale a eso, algo que se supone que tiene que ser accesible que todo el mundo, no lo
es. Ir a la universidad no es algo accesible para todos.
Entonces, cuando todos hablaban de universidades, hablaban de universidades
grandotas, que es 40,000 dólares al año, algo que no podemos hacer. Y también vi la
experiencia que mi hermana vivió, porque mi hermana vivió eso antes que yo. Y tampoco
ella tuvo alguien que la guiara. Entonces, cuando me tocó a mí ella no me pudo ayudar
porque no supo qué hacer. Mi hermana tampoco fue al colegio.

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La verdad es que en esos momentos yo no tenía a nadie en quién inclinarme, no
tenía una amiga que pasaba lo mismo que yo, no tenía una maestra con quien decirle esto.
Había un maestro que sabía de nuestra situación, de mi hermana y yo, y es porque le
pedimos cartas de recomendación porque necesitábamos cartas de recomendación para
cuando aplicamos para DACA. Él sabía, pero él nunca dijo nada tampoco.
ML: Pero en la isla había más gente en la misma situación, ¿no?
KA: Sí, yo no soy buena para hacer amigos. Entonces, yo nunca tuve amigos más
que la gente que vivía --.
ML: ¿Y fuera de la escuela tenías algún otro espacio? Y es tan difícil hacer
amigos, ¿fuera de la escuela había algún otro espacio donde te encontraras con gente?
¿No iban a la iglesia?
KA: Sí, íbamos a la iglesia, pero no.
ML: No tanto.
KA: Sí, crecí en la iglesia, cuando cumplí quince fue cuando ya dejamos de ir a la
iglesia. Pero íbamos a la iglesia, mis papás siempre estuvieron muy involucrados en la
iglesia cuando crecí, en México también aquí. Pero siempre había tanto drama adentro de
la misma iglesia, entre la gente.
ML: [Risas]
KA: Yo creo que eso también hartó a mis papás, dijeron, “¡Pero ya!” Entonces,
fue como una mixtura de todo y dejamos de ir porque todo el mundo siempre se estaba
peleando. Hasta la fecha mi papá va y todavía se están peleando por las mismas
situaciones. Pero sí, mi hermana y yo fuimos parte del grupo juvenil de la iglesia, pero la

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gente que iba era más grande que yo. Yo era la más chica, tenía doce años, trece años.
Todos tenían dieciocho, diecinueve, veinte, veinticinco.
Entonces, era no era la gente con la que yo me juntaba. Entonces, nunca tuvo
como un espacio fuera de ahí para hacer amigos. No soy muy buena para hacer amigos,
soy muy introvertida. Trato de ser más abierta, especialmente con mi trabajo, pero
prefiero salir con mi mamá y con mi papá que con amigos.
ML: Y vos me contaste mientras estábamos conversando que un viaje a
Washington había sido muy importante para vos en esto de encontrar una comunidad de
gente que tenía una situación semejante a la tuya.
KA: Sí, fue en el 2017. En ese tiempo estaba pasando por unos tiempos muy
difíciles. Me había casado, luego me había divorciado, tuve depresión. Fueron tiempos
muy fuertes. Perdí mi trabajo. Perdí mi trabajo por una salud mental que nadie entiende.
Siento que a veces la depresión es muy mal entendida en muchos aspectos. Y me
corrieron de mi trabajo. Entonces estaba trabajando con mi mamá y mi hermana
limpiando casas.
ML: ¿En qué estabas trabajando cuando estabas pasando por este problema?
KA: Trabajé en una boutique de zapatos y ropa en Kiawah, en Freshfields, y nada
más éramos yo y la otra señora. Y siempre me decían que fui una de sus mejores
empleadas, pero cuando se tomó tiempo de que yo necesitaba tiempo porque no estaba
bien, fue cuando me corrieron. Y entonces me fui a trabajar con mi mamá y con mi
hermana. Pero fueron tiempos difíciles, tiempos muy oscuros que ahora entiendo que no
soy la única que ha pasado por eso.

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ML: ¿Cómo busca ayuda una joven DACA que tiene problemas de salud mental,
que está teniendo dificultades, a dónde va a buscar ayuda en Charleston?
KA: No hay. Cuando yo tenía quince fue la primera vez que me diagnosticaron
con depresión. Entonces, iba al MUSC en esos momentos, entonces todavía me trataban
los pediatras en ese tiempo, porque todavía no tenía dieciocho. Entonces, me mandaron a
un lugar ahí en West Ashley, atrás de Home Depot, que tienen un lugar ahí. Fui, pero la
señora que me trató no—, entonces, dejé de ir. Y así me la llevé y cuando pasé por todo
esto—.
En high school, cuando estaba pasando por depresión, el counselor que teníamos
le había dicho a mi mamá que —, mandaron llamar a mi mamá y le dijeron que ahí
estaban los papeles, solamente teníamos que firmarlos para que me mandaran a Palmetto
Mental Health Institute en Goose Creek or North Charleston. No sé dónde queda. Y yo le
dije a mi mamá, “Yo no voy a ir ahí. No estoy loca.” Entonces, no fui.
Cuando paso por todo esto fue cuando dije, “okay, este es el momento” y fue el
primer lugar que pensé para ir a buscar ayuda. Pero no es lo que uno piensa. Fue una
experiencia—yo siento que salí de ahí peor que como entré, porque yo sentía que nadie
entendía lo que estaba pasando. Los planes que tenía no pasaron. La vida que yo había
pensado y soñado y visto a mis veintidós años no estaba yendo como yo quería.
Entonces, fue una gran lección, de que, una, la salud mental en las familias latinas no es
hablado muy común. “Ay, no llore” “Tienes pubertad,” son cosas así que me di cuenta
que pasan.
ML: “Hay que confiar en Dios”, “Hay que rezar”.

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KA: Sí, pero nadie nunca entiende exactamente lo es. Pero afortunadamente yo
tengo dos padres que entendieron mucho y me apoyaron mucho en esos momentos, mi
papá, mi mamá, mi hermana. Trabajé con mi hermana y mi mamá limpiando casas, y fue
cuando habían empezado el restaurante. No el restaurante, apenas habían empezado a
hacer eventos chiquitos.
ML: ¿Y tu hermana y tu mamá habían puesto una empresita de limpieza también?
KA: Sí, habían puesto la empresa de limpieza y justo después cuando me quedé
sin trabajo fue cuando empezaron también a hacer lo de la comida. y mi mamá vio en
Facebook un post de usted de que una organización United We Dream estaba buscando
gente y no sé qué tanto, y mi mamá le dijo a mi hermana, “Deberías de ir.” Y mi hermana
dijo, “No, yo no puedo, tenemos las casas y eso.” Y mi hermana me dijo, “Pero tu
deberías de ir, creo que sería bueno, no sé qué.” Dije, “Ay, no yo no voy a ir.”
Pero en ese tiempo yo le decía no a todo. Y acabé yendo. También porque Laura
Cahue una persona que conocemos, que mi hermana conoce bien, también mi hermana
habló con ella y ella fue la que le dijo, “Sí, dile a tu hermana que vaya. Es gente de
confianza, bla, bla.” Y fui. Llegué un martes, no un lunes, llegué un martes y me acuerdo
que cuando llegué me perdí por una hora, porque tuve que ir a la oficina primero a dejar
mi maleta y luego tuve que tomar un metro para llegar al Capital Hill y me perdí por una
hora.
Me salí en la salida anterior, entonces el Capitolio está por acá, y yo llegué hasta
la otra esquina. Caminé como por una hora, me perdí y ya por fin llegué, pero me acuerdo
que en el transcurso yo le dije a mi mamá, “No quiero estar aquí. Me quiero ir a mi casa.

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Yo no conozco este lugar. ¿Dónde me mandaron?” Y mi mamá me dijo, “Pues, trátalo,
no sabes, todavía ni llegas con la gente y ya te quieres ir.”
Y sí, lo tratamos. Llegué, primero conocí a una muchacha que se llama Fernanda,
que también era de Carolina del Sur. Y luego conocí a Deyanira Aldana, que en ese
momento era la organizadora principal de la campaña. Y luego conocí a José Palacios y
sí, conocí a mucha gente más. Luego conocí a Tim. Tim, un hombre alto, blanco, con un
montón de muchachos indocumentados, dije, “¿Qué está haciendo este viejo aquí?”
Pensando que no hablaba español y sí hablaba español.
Yo no decía mucho, hasta que un muchacho que se llama Martín se me acercó y
empezó a hacer plática. Luego nos fuimos a la casa y Martín y José empezaron a platicar
conmigo y empezaron a preguntarme sobre mí historia. Ahí creo que fue la primera vez
en mi vida que dije, “Ay, aquí no me van a juzgar, aquí voy a poder decir lo que yo siento
y cómo me he sentido”. Y fue la primera vez que estuve en un cuarto donde no fui la
única persona indocumentada. Y fue la primera vez que dije, “Pues sí, no, no tengo
papeles.”
Y sí, me sentí muy confiada y estuve ahí toda la semana. Me fui en un sábado y
ese sábado Deya me dijo, “La siguiente semana tenemos una junta con Tim Scott, él es tu
sanador y queremos que estés aquí. ¿Quieres estar aquí?” Pues no tenía trabajo y dije,
“Sí, está bien.” Regresé la siguiente semana. Esto fue en septiembre, regresé la siguiente
semana y me quedé toda esa semana y la semana siguiente y un mes después me fui a mi
casa y luego regresé. Y no tenía trabajo, ellos fueron muy buena gente en dejarme
quedarme con ellos, alimentarme.
ML: ¿La organización pagaba por tu estadía allí?

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KA: Sí, me contaban cada semana como un joven nuevo que venía. Y Deya y
José y Tim y Sharky y Martín, todos ellos abogaron mucho por mí. Me dieron un espacio
que nadie nunca me había dado. Creyeron en mí. Y me quedé un mes, dos meses, me fui
a casa. Y me regresé a mi casa y dije, “no, pues voy a tener que buscar trabajo, ya no
puedo estar haciendo esto.” Sí mis papás me ayudaban a pagar, porque en ese tiempo
tenía un carro, me ayudaban a pagar mi carro, me ayudaban a pagar el teléfono, pero ya
había sido mucho tiempo que mis papás no pagaban por algo mío, entonces me sentía
extraña.
Dije, “voy a tener que buscar un trabajo”. Entonces, les dije a los muchachos de
allá, “Voy a tener que buscar trabajo aquí. ya no puedo estar haciendo eso. No voy a
poder regresar.” Sharky, le decimos Sharky pero se llama Claudia, fue y le dijo a la
persona que ahora es mi jefa, “¿Sí van a contratar a Karla o no?” Y ella dijo, “No sé,
tenemos que ver.” Y entonces todos empezaron a decir, “Tienes que traerla a Karla,
Karla, Karla,” hasta que por fin ella dijo, “Sí, okay, llámenla y le vamos a dar contrato.”
Y dos días después de Thanksgiving me habló Deya y me dijo, “¿Quieres un trabajo?” Y
le dije, “¿Cómo?” “¿Quieres un trabajo? Ellen me dijo que te van a dar trabajo.”
Y ese mismo lunes, eso fue como un jueves o un viernes, el lunes siguiente
empaqué mis cosas y me fui a DC y estuve en DC hasta marzo del 2018. Ayudé a correr
la campaña del Dreamer Campaign. Mi título era nomás organizadora, ayudaba a Deya
con las oficinas, entrenar a gente, pero la parte donde yo ayudaba más era con la
desobediencia civil al lado de Tim. Y ahí seguí y cuando se acabó la campaña, dije, no,
pues ya se acabó. Fue muy bonito, pero no me acabaron mi contrato.

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Mi contrato siguió todo el resto de marzo, abril, y ya a finales de abril fue cuando
me dijeron, “Te vamos a hacer la coordinadora de California, pero te vas a tener que ir a
vivir a California.” Y por miedo de quedarme sin trabajo otra vez, dije, “Sí,” hay que
hacerlo y me fui a California por cinco meses en el 2018 y ahí estuve. Pero fueron cinco
meses muy difíciles. Se siente muy bonito ayudar a tu comunidad. Se siente bonito ser
parte de algo más grande de lo que tú piensas que es. Se siente bien hacer cambios.
Se siente bien que jóvenes que alguna vez se sintieron cómo yo me sentía, dónde
no querían saber nada de su cultura, no querían hablar su idioma, no querían decir que
eran indocumentados, ahora cuentan sus historias con mucho honor y se sienten felices de
quiénes son y hablan su idioma y aman su cultura. Pero a la misma vez se siente pesado.
Cuando haces algo, un tipo de trabajo donde te afecta a ti personalmente tan profundo,
donde afecta tu familia, no es lo mismo que hacer un trabajo así del diario donde te dicen
las noticias malas antes de que tú se las puedas decir a los jóvenes.
Y ves en su cara así esa emoción de que este es nuestro momento, vamos a ganar,
tenemos tanto empuje. Y luego les tienes que decir, “No, no vamos a ganar. Nada va a
pasar. Se queda todo igual.” Es difícil. Porque tú mismo no tienes ni siquiera cinco
minutos para procesar qué significa para ti mismo cuando tienes que consolar a alguien
diferente. Entonces, esos cinco meses fueron difíciles. Me perdí mi cumpleaños, me perdí
día de madres, día de padres. Me he perdido tanto aquí localmente con mi familia.
Sí, he viajado. He estado en lugares que nunca pensé que iba a estar. He conocido
a gente que nunca pensé que iba a conocer. He ido con la organización a recibir premios
como el RFK Awards, cosas así, pero también pienso que nada me va a regresar los
momentos como cuando mi hermana y mi mamá abrieron su restaurante, cuando vino mi

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tía de México, cuando vino mi abuela. O sea, cosas que yo no pude estar aquí porque
estaba trabajando. Eso nadie nunca te lo va a regresar. Entonces, yo estoy muy
agradecida de todo lo que he hecho, de ver los cambios en mí misma, de ver los cambios
en mi comunidad, pero el trabajo que hacemos es mentalmente cansado.
ML: Lo que yo escucho es que los cambios no son gratis en una comunidad, que
para que las cosas cambien hay esfuerzos y sacrificios y gente que se esfuerza y se
sacrifica. Una cosa que sobre todo en los últimos años que han sido difíciles para muchos
organizadores en las comunidades, y para todo el tema del burnout, el tema del cuidado
personal aparece mucho, mucho.
KA: Si
ML: Y aparece mucho entre, bueno, las cosas que yo leo, no quiere decir que no
aparezcan en otros grupos, pero entre las mujeres de las minorías aparece mucho este
tema de cuidarse y de cómo seguirse nutriendo para enfrentar cosas son traumáticas como
las vos estás contando, de por ahí, estar trabajando en un asunto que no va a parar a
ninguna parte.
Pero a mí me encantaría que me contaras, a nosotros nos interesa cómo los
jóvenes de Carolina del Sur se empiezan a organizar políticamente. Hay jóvenes que en
otras partes del país dicen, “Yo soy dreamer y no tengo miedo. Estoy aquí y me voy a
quedar. No tengo miedo.” Gente que habla con mucha claridad de su situación y de que
quieren estar aquí. Y en Carolina del Sur es como poquito eso que se ve incipiente, las
voces de los dreamers, pero de los inmigrantes en general. No vamos a decir que son
solamente los chicos.

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¿Cómo fue esto de ir a Washington y ayudarte a cambiarte? Esto de, mejor no le
digo a nadie, shh, como hago en mi escuela. Mejor vivo esta vida disociada. ¿Cómo fue
ese cambio de ‘no, yo tengo una comunidad que me acompaña y tengo una voz y puedo
hablar’? ¿Cómo fue eso?
KA: Fue un shock, porque me acuerdo que cuando empecé a ver videos del
trabajo que hacían ellos y escuchaban que gritaban, “Undocumented, unafraid.” Dije,
“Están locos, ¿qué les pasa?” Tanto tiempo todo el mundo diciéndonos, “No digan nada,
cállense.” Pero llegué al espacio y me di cuenta de que solamente porque no tienes un
papel que te dice que eres ciudadano, no te quita tus derechos humanos que tienes.
Entonces, aprender los derechos que uno mismo tiene como persona, no importa
si eres blanco, negro, café. Tan simple como derechos de decir no, saber cómo tratar si te
enfrentas con un policía de inmigración o con un policía regular. Aprender esas cosas que
muchas veces los gobiernos no quieren que sepamos, cambia cómo ves las cosas. Pero
también ver—, hubo un evento que tuvimos, fue en noviembre nueve, donde trajimos
más de mil personas al gobierno. Mil personas indocumentadas, jóvenes de todas las
edades, niños, padres, adultos. Llenamos todo un edificio y ese fue como el primer evento
grande que fui parte de.
ML: ¿Eso era parte de la campaña de los dreamers?
KA: Sí. Y escuchar cómo todos decían, “Undocumented, unafraid,” fue cuando
me fui dando cuenta de que hay un grupo más grande fuera de mis cuatro paredes que yo
vivo en, que ponen a riesgo su vida todos los días y que lo hacen con amor a la
comunidad y que lo hacen con una fuerza tan grande, ver cómo se van y se paran adentro
de las oficinas de estos congresistas y les dejan saber, “Lo estás haciendo mal.” Y no

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tienen ese miedo. Para mí al principio sí fue difícil, como un, ¿por qué estamos haciendo
esto? No hagan eso. No digan eso.
Pero ese día, ver ese edificio lleno, o sea, son cinco pisos o seis, y todos llenados.
O sea, de lo más bajo hasta lo más arriba lleno de gente gritando. Y creo que fue la
primera vez que dije, “Hay algo más, me conviene más hablar que quedarme callada.” Y
sí, me entró mucho miedo, dije, no. o sea, uno se pone a pensar, sí, pero si empiezas a
hablar todo el mundo va a saber quién es tu familia. Va a saber de dónde eres. Sí, esos
miedos entran, pero creo que también está en uno mismo de que cuando uno aprende sus
derechos, cuando uno aprende a defenderse, es tu trabajo decirle a todos los demás cómo
hacer lo mismo.
ML: ¿Tuviste algún problema en tu familia o en tu comunidad por este trabajo de
decidir hablar en vez de estar callada?
KA: Sí. Mis papás nunca me dijeron, “No lo hagas.” Me dijeron, “Sí, adelante,
haz lo que tú quieras hacer.” Pero sí hubo un momento donde tuvimos un problema con
—. Él se fue hace poquito, donde mi primo quiso venir a los Estados Unidos, tuvo su
visa, lo detuvieron, CBP [U.S. Customs and Border Protection], y hubo un problema
donde CBP tuvo contacto con mi hermana. Entonces, fue la primera vez que tuve esa
conexión grande con agentes de inmigración. Yo he tenido contacto con la gente de
inmigración.
ML: Dices que contactan a tu hermana, ¿por qué? ¿Por qué venía a verlos?
KA: Le llamaron porque encontraron el número de mi hermana en los mensajes
de mi primo.
ML: Pero eso hubiera pasado independientemente de tu trabajo, ¿verdad?

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KA: Sí, sí. Pero fue la primera vez cuando me di cuenta de que yo siempre pensé
que mis papás nunca iban a tener un tipo de contacto así. Yo lo he tenido. Es parte de mi
trabajo. Me sé defender, me sé mis derechos, pero mis papás nunca han pasado por ese
proceso. Mis papás nos saben qué es un paquete de preparación. O sea, nunca me he
tomado el tiempo ni el día para darles eso a ellos. Porque he estado tan enfocada en todos
los demás, que nunca me puse a pensar, “okay, ¿qué pasa si algo pasa aquí?”.
Porque estoy acostumbrada a este lugar, como por decir, cuando pasé tiempo en
Las Cruces o México, veía agentes de inmigración, veía la frontera de México, vi cosas
que no veo todos los días. Entonces, ahí es cuando dices, hay que decirle a esta
comunidad cómo defenderse, pero nunca lo pensé hacerlo en mi propia casa donde
también puede pasar algo así. Entonces, ahí fue cuando me empecé a dar cuenta que este
trabajo tiene ciertas consecuencias.
Y no son consecuencias malas, son consecuencias que uno puede tener control de
hasta cierto punto, como enseñarle a la comunidad, a tus familiares, cómo protegerse. Yo
soy muy creyente de que, si tú le dices a alguien algo, esa persona va a salir a decirle a
alguien más, especialmente en nuestra comunidad, los compadres, las comadres, se
cuentan de todo. Entonces, eso creo que ese fue uno de los errores que nunca hice, fue
enseñarles a mis papás.
Les hablé de cosas poquitas de aquí y acá, pero nunca tuve como el momento de
sentarlos y decirles, “Así son las cosas.” Entonces cuando pasó eso y fue cuando me
enteré que mi hermana tuvo una conversación con un agente sobre teléfono, fue cuando
dije, ¡guau! O sea, esto le puede pasar a mi familia en cualquier momento y nunca me he
tomado el tiempo. Entonces, ahí fue cuando dije, híjole, o sea, me entró miedo. Pero

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también fue cuando puse en práctica todo lo que he aprendido. Entonces, sí hay
momentos que digo, no debería hacer este trabajo. Y creo que es una de las razones
porque no lo organizo en mi propio estado.
ML: Contame.
KA: Yo no soy una organizadora famosa, no soy alguien que diga, ah, todo el
mundo me conoce. Pero en la organización que trabajo, Cristina Jiménez, nuestra jefa, es
una co-founder de United We Dream y también es el executive director. Ella es la cara de
United We Dream. Todo el mundo la conoce. Entonces, siempre hay como una cara al
movimiento. Y en esta ocasión, en United We Dream, ella es una de las caras de United
We Dream, igual que nuestros jóvenes. Si yo organizo en mi propia localidad yo no
quiero ser la cara del movimiento porque no quiero que la gente sepa quién soy. No
quiero que mi familia sea conectada con eso.
ML: Vos decís que trabajaste en la campaña de los dreamers en Washington, ¿me
podés explicar cómo es el día de un organizador en California? No sé si existe algo como
un día normal en tu trabajo, ¿pero podés explicar cómo es un día de trabajo tuyo?
KA: Sí, normalmente los lunes son mis días más ocupados. Tengo más llamadas
porque es el principio de la semana. Mi primera llamada empieza a las once de la mañana
y es la llamada de las campañas donde hablamos de todo lo que está pasando
nacionalmente, localmente, de todas las cosas que todo el mundo tiene que saber.
Normalmente dura una hora.
Después de ahí tengo mi primera llamada con una de las muchachas de California.
Hablamos de las prioridades, de qué va a hacer, qué no va a hacer, qué se va a enfocar,
cómo se ve su día, cómo se ven sus semanas. Y luego tengo la llamada del field que es el

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departamento donde yo estoy. También hablamos de nuestras prioridades como estados,
como programas. Y luego tengo mi otra llamada con la otra chica de California, hacemos
lo mismo, cuáles son sus prioridades.
Y después de ahí normalmente trabajo en hacer presupuestos, trabajo en hacer
documentos que necesitan, tengo mis chequeos con mi jefa, entrego lo que necesito, me
preparo para mi semana. Cuando estoy en casa es un poquito más relajado. Trato de
acabar mi día como a las cuatro, cinco, pero si estoy, por decir, en California o Nuevo
México que estoy local, mi día empieza a lo mejor a las ocho de la mañana, vamos a
diferentes lugares. Cuando estoy en California vamos a las escuelas, nos reunimos con
los jóvenes.
ML: ¿En qué ciudades de California están trabajando?
KA: Ahorita estamos, nuestra ciudad prioridad es Santa Cruz y luego estábamos
trabajando en Long Beach, pero ahorita estamos poniendo un poquito de pausa en Long
Beach. Organizar en el sur de California es más difícil que en el norte de California. En el
sur de California hay más organizaciones, y la mayoría de las organizaciones que están
ahí trabajan, ya sea para comunidad inmigrante o para farm workers. Y como es un
estado tan grande, y el estado donde hay más inmigrantes, la lucha por los resources es
más grande.
Como una organización nacional a veces no es muy bienvenida en lugares así
porque cada quien ya tiene como su territorio. Este es mi cuadrito, este es el cuadrito de
fulanito. Entonces, cuando llega una organización nacional donde la gente conoce, son
más como que “No, espérate, este es mi territorio, no te metas aquí.” esas son las cosas

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con las que nos hemos topado más, que no es malo. Yo entiendo, y esas organizaciones
han estado en California por mucho tiempo.
ML: ¿Y pueden coordinar con esas organizaciones?
KA: Sí, sí tratamos de coordinar con ellas, pero cuando hablamos así de
geographically así, con algo que sí ella no es como uno de nuestros lugares que digamos,
necesitamos estar ahí. Es más, como San Diego, norte de California donde hay más
campos de granjas y eso, donde hay más comunidad. Entonces, también uno como
organizador tienes que escoger tus batallas y tienes que aprender a decir, “Aquí somos
más necesitados, aquí no.” Tampoco no somos una organización que va a llegar y va a
decir, “Ah, pues, lo siento, aunque tengas gente aquí, yo voy a entrar aquí.” No, si ya hay
una organización que les está proveyendo ayuda a la comunidad no tiene punto de que
uno llegue a tratar de pelearse por una persona.
ML: Dos cosas me acuerdo que me contaste que mí me llamaron mucho la
atención y me encantaría que comentaras ahora. Una fue de esa idea que tenemos del
dreamer como la persona que es súper exitosa, que es súper buena académicamente, la
persona que es el top del top, la crema de la crema. Y vos criticabas— no sé si criticabas,
pero si revisabas un poco esa idea, ¿quéres hablar un poco de eso?
KA: Sí. La palabra dreamer empezó con Obama, más bien muchísimo antes que
Obama. Fue la palabra que puso este movimiento en el pizarrón. Fue la palabra que es
una forma de cómo describir este grupo de gente. Pero lo que yo he visto en el tiempo
que yo he estado haciendo este trabajo, que no ha sido mucho tiempo, pero con la gente
he conocido, con la gente que he hablado, la mayoría de las veces cuando ponen esta
palabra dreamer, muchas veces es conectada con gente que ha ido a la universidad, gente

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que tiene un master, que son doctores, que han podido hacer cosas que nunca pensaron
que una persona indocumentada iba a hacer.
Y para mí ese es un logro grande para nuestra comunidad, cuando alguien puede
ser un doctor, cuando alguien puede ser un abogado, ese es un logro grandísimo. Pero la
verdad es que nuestra comunidad de gente que tiene DACA o no tiene DACA, va más
allá que eso. Hay gente que tiene DACA que son constructores, que trabajan limpiando
casas, que trabajan en restaurantes. Hay gente que tiene DACA que son dueños de sus
propios restaurantes, de sus propios negocios. Entonces, la palabra dreamer siempre tiene
esta narrativa de que es una persona que tiene puros As, que va a la universidad, que es
estudiante perfecto, que no hace nada malo, cuando la verdad es que esa descripción no
describe a todo el mundo.
Entonces, cuando alguien me dice, “No, yo me identifico como dreamer.” “Ah,
okay, perfecto,” Pero hay gente que prefiere identificarse como una persona
indocumentada porque cuando hablamos con el Congreso, cuando hablamos con gentes
políticas, con gente más grande donde tienen decisiones, y describen a un dreamer,
siempre es alguien que tiene una educación de universidad, que está ganando tanto
dinero, que nunca ha cometido un error, nunca ha tenido un ticket, algo que la verdad eso
no es posible. Una persona así tan perfecta no existe.
Entonces, cuando a mí me ha tocado hablar con jóvenes o mi propia experiencia,
yo no fui a una universidad, no tengo un bachelors, no tengo un masters, pero sí soy una
persona trabajadora, una persona que quiere llegar al colegio algún día, pero ahorita no es
el momento porque las oportunidades no están ahí. Todos los cincuenta estados no son

�Karla Aguirre

36

como California donde les ofrecen financial aid y que pueden ir a la escuela y que tienen
becas. Esa realidad no existe en los cincuenta estados.
Entonces, cuando hablas como una persona que viven Alabama, Carolina del Sur,
Georgia, Florida, Luisiana, estados donde no hay in state tuition, donde no hay ningún
tipo de becas para estudiantes indocumentados, y te pones a pensar, okay, si solamente
una persona que es dreamer, que es alguien tan perfecto, que tiene un bachelors, un
masters, que gana tanto dinero, que nunca ha tenido un ticket en su vida, solamente es la
gente que les van a dar pathway to citizenship, no llenaríamos, la mitad de la gente que
tiene DACA no sería incluida en eso.
Entonces, para mí si alguien se identifica como dreamer es por alguna razón y es
una narrativa tan grande que nos ha ayudado a llegar al momento que estamos ahorita.
Pero también pienso que es muy válido cuando alguien no se considera un dreamer. No
es como que diga, “ay, hay que acabar con esa palabra. Esa narrativa se tiene que
acabar”.
No, pero sí pienso que cuando uno está hablando con congresistas, cuando uno
está hablando de legislaturas y están hablando de este dreamer perfecto, entonces hay que
pensar en la gente que no va a ser incluida ahí. Si pasa una legislatura, una legislatura
hermosa, con pathway citizenship, pero es solamente para el dreamer ideal, ¿qué va a
pasar con todos los demás?
ML: ¿Y esa era un poco tu crítica a la legislación que estamos tratando de pasar
ahora en Carolina del Sur ahora para proteger a los dreamers?
KA: No, sobre la legislatura que están tratando de pasar aquí en Carolina del Sur
yo pienso que es excelente y se tiene que empezar por alguna parte. Esta campaña

�Karla Aguirre

37

nacional que hemos cargado con el Dreamer Campaign empezó con la narrativa dreamer.
Pero, así como empieza algo tan pequeño o tan grande, siempre tienen que ser hago más
y más y más, y siempre va a llegar a la forma correcta que es lo que queremos: protección
para todos, para nuestros padres, para dreamers, para no dreamers, para gente que tiene
DACA, para gente que tiene TPS [Temporary Protected Status], para gente que tiene
DED [Deferred Enforced Departure], siempre hay algo más grande de lo que empezamos.
Yo pienso que la legislatura que están tratando de pasar aquí es un comienzo para
algo más grande. La cosa que yo siempre pienso es que como persona que quiere hacer
un cambio en tu estado nacional, o donde tú quieres hacer un cambio, siempre hay que
pensar como en un aspecto más grande. Siempre se va a empezar con algo pequeño,
porque si empezamos con el aspecto más grande de que hay que proteger a todo el
mundo, no vamos a llegar a ninguna parte. Siempre es algo más pequeño, y así fue como
empezó DACA, porque empezó primero el Dreamer Campaign donde protegíamos a todo
mundo, mitad del mundo, y eso no pasó.
Entonces, ¿qué nació del dreamer? Nació DACA. ¿Y qué nació del DACA?
DAPA para los padres. Entonces, es como un proceso. Entonces, para mí es que, si tú
quieres hacer algo para los dreamers, para la gente DACA, para la gente TPS, para el
environment, cualquiera que sea tu pasión, siempre hay que pensar en lo más grande y
cómo hacer eso más grande más chiquito. Si la narrativa es usar dreamers porque
funciona con la gente legislativa que está aquí en Carolina del Sur, ¿sabes qué? Todo el
mundo somos dreamers. Pero cuando uno se sienta a hablar de estrategia como persona
que conoce qué es lo que está pasando y cuál es lo más grande --.

�Karla Aguirre

38

ML: Y a la hora de involucrarnos y a la hora de --, con quién trabajamos y
quiénes son nuestros aliados, la comunidad es mucho más grande.
KA: Sí, y ahí es cuando yo pregunto y digo, okay, ¿cuál es la narrativa correcta
que vamos a usar? ¿Si no va a ser dreamer, qué va a ser? Okay, entonces, si va a ser
dreamer, ¿quién está incluido en esa narrativa? Todo el trabajo que hacemos tiene que ver
mucho con la narrativa. La narrativa dreamer nunca se va a ir. Esa es la verdad, porque es
lo que comenzó, lo que tenemos ahorita. Y está bien.
Pero yo pienso que, si tú quieres ser una persona que organiza, especialmente en
el mundo político que estamos viviendo ahorita, e inmigración siendo una de las cosas
más grandes que está ahorita ahí en el mundo político, tienes que pensar en toda la gente.
Y no solamente en la gente que tiene DACA, como dije hace un ratito, la gente que tiene
TPS, en la gente que tiene DED, o sea, este grupo es más grande de lo que pensamos.
Pero la palabra dreamer es lo más grande que se ha creado, pero las palabras que vienen
attached con la palabra dreamer no son la verdad para mucha gente, son cosas que la
gente no dicen, “Ah, sí, yo soy dreamer.”
ML: Y el cambio, pienso también ahora, es cómo va evolucionando la comunidad
inmigrante y los nuevos problemas que vamos teniendo en la comunidad inmigrante. Los
dreamers tienen papás y tienen hermanos en distintas condiciones de inmigración. Y
ahora tenemos toda la comunidad refugiada también, que como vos decís, tienen --,
entonces que cuando pensamos en un inmigrante tenemos que pensar en toda la gente que
pertenece a esta comunidad y no por defender a uno, de pronto vamos a criminalizar a los
padres por defender a los chicos dreamers, ¿verdad?
KA: Correcto. Sí.

�Karla Aguirre

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ML: Yo te agradezco tanto por tu tiempo y por tu generosidad, compartiendo tu
historia. ¿Hay algo que no te he preguntado y que te parece importante decir o que te
gustaría agregar?
KA: Primero, me da mucha emoción ver cambios aquí en Carolina del Sur, que la
gente quiere hacer. Yo nunca pensé que alguien iba a querer hacer algo aquí porque son
estados tan rojos. Ni siquiera son morados, son rojos. Entonces, ver que hay gente que
dice, “Yo quiero hacer un cambio aquí,” para mí es muy emocionante, porque Carolina
del Sur es casa para mí, este es mi hogar.
Creo que cuando uno entra al mundo de organizar, ya sea para esta situación o
cualquier otra, llegan momentos que tú nunca pensaste que iban a llegar. y cuando llegan
dices, “Oh, ¿ahora qué hago? Ya estoy aquí, estoy más metida que nada.” Creo que
siempre es como recordar lo que te pone los pies en la tierra, si es una persona, es casa, lo
que sea. Y esa es la razón por qué lo estás haciendo, porque muchas veces nos perdemos
en el enojo por lo que está pasando políticamente o lo que dijo esta persona o lo que no
dijo la otra, lo que hicieron o lo que no hicieron, y pierdes noción de por qué lo estás
haciendo.
Entonces, el mundo de organizar es emocionante, es mucho trabajo y te da una
llenadura que nunca pensaste que ibas a obtener, pero también tiene sus partes malas
como cualquier otro trabajo. Entonces, yo siempre pienso y digo, siempre hay que
regresar al momento del primer día que empezaste a hacer este trabajo. Y lo que también
le digo a la gente es que si regresas al primer día cuando empezaste todo esto y no te
sientes igual como ese mismo día, algo no está bien. Y a lo mejor está bien tomar un paso

�Karla Aguirre

40

atrás, y decir, “¿Sabes qué? Ahorita no voy a organizar, ahorita voy a enfocarme en algo
diferente.”
Está bien, porque cuando uno organiza y hace cosas que afectan a más de una
persona, no solamente a ti, afectan a más de una persona o un objeto o nuestro planeta o
lo que sea, y si no lo vas a hacer con amor, si no lo vas a hacer bien, mejor hay que tomar
espacio para uno mismo, porque si no vamos a acabar afectando más personas de lo que
piensas. Entonces, es eso, que, si vas a organizar, siempre regresa al primer día que
empezaste a sentir así y si no te sientes igual, está bien tomar un paso atrás y esperar
hasta que eso regrese.
ML: Muchísimas gracias. Gracias.
End of recording.
MLL August 8, 2019

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                  <text>The oral histories in this collection were produced by The Charleston Oral History Program at the Citadel. Founded in 2008, The Charleston Oral History Program at the Citadel seeks to deepen understanding of the Lowcountry’s rich history and culture through the gathering and presentation of recorded memories from area residents.&lt;br /&gt;&lt;h3&gt;Search Tips&lt;/h3&gt;
Interviews may be browsed by scrolling to the bottom of this page and selecting "View all items".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;When using the search bar, we recommend putting quotations around your search term, and selecting the Boolean search option, as illustrated here:&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;img src="https://gdurl.com/aYPj" alt="aYPj" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;To view interviews of a specific theme, please see the search tips in each series below.&lt;/p&gt;</text>
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;The Citadel in War and in Peace&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
With generous support from the &lt;a href="http://www.schumanities.org/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"&gt;Humanities Council of South Carolina&lt;/a&gt;, The Charleston Oral History Program at the Citadel collected thirty interviews with Citadel alumni regarding their experiences during WWII. Journalist and historian Jack Bass conducted the interviews during the Fall of 2008.They serve as a powerful testament to the veterans' experiences and their critical contributions to the war effort.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*To search interviews in this series, use the following terms utilizing the Boolean search option:&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- World War II"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- Korean War"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- Vietnam War"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- The Second Gulf War"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- The War in Afghanistan"&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;</text>
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;Working Charleston&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
Working Charleston documents the on and off job experiences of the longshoremen and lawyers, the bartenders and carriage drivers, hospital aides and high tech workers who make Charleston among the nation's prime tourist destinations and vital centers of global trade.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*To search interviews in this series, use the following terms utilizing the Boolean search option:&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"Working Charleston"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Charleston City Workers"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Lowcountry Foodways"&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;</text>
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;Charleston and the Long Civil Rights Movement&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
&lt;span&gt;&lt;span&gt;These interviews explore how community activism continues to shape modern life in the South.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*To search interviews in this series, use the following terms utilizing the Boolean search option:&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;
&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"Charleston and the Long Civil Rights Movement&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Civil rights movement--South Carolina"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"African Americans--Civil Rights--South Carolina--Charleston"&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;&lt;a target="_blank" href="https://citadeldigitalarchives.omeka.net/items/show/193" rel="noreferrer noopener"&gt;&lt;/a&gt;</text>
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;Las Voces del Lowcountry&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
&lt;span&gt;&lt;span&gt;This project is designed to raise the profile of the Hispanic/Latinos who call the Lowcountry home and to promote a rational and humane conversation regarding immigration, education, and employment policies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*To search interviews in this series, use the following terms utilizing the Boolean search option:&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;
&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"Las Voces del Lowcountry"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Latin Americans--Southern States"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Hispanic Americans--Southern States"&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;</text>
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;Women in World War II&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
&lt;em&gt;*To search this series, type "Women in World War II" into the search bar, using the Boolean search option.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;
&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"Women in World War II"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"Women--Employment History"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"World War, 1939-1945--Participation, female"&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;</text>
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                <text>Oral History of Karla Aguirre, interviewed by Marina López, 31 May, 2019</text>
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                <text>Karla Aguirre (b. 1995) was born in Mexico City, Mexico and lived there until she was six years old when her parents decided to immigrate to the United States. In the interview, Aguirre recalls her childhood in a neighborhood in the capital of Mexico, the journey to the United States and her impressions when she found herself for the first time in an unknown place surrounded by an unknown extended family. She explains that growing up on Johns Island was complex because she was part of two very different cultures: her private school, Charleston Collegiate, composed of mostly middle-class white students, and the other, her Mexican and working-class community. After finishing school, she participated in a workshop organized by United We Dream in Washington, DC. Then, she joined the organization as an activist and organizer. Aguirre talks about the barriers that Dreamers face, including the high rate of mental health problems and the difficulty in accessing adequate services. She also reflects on the challenges of organizing politically, both in South Carolina and nationally, the positive and negative aspects of being an activist and organizer, and defends the rights of undocumented youths to tell their own story and to define themselves. Finally, she points out that her dream is to resume her studies. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aguirre (1995) nació en la Ciudad de México, México y vivió allí hasta los seis años cuando sus padres decidieron emigrar a los Estados Unidos. En la entrevista, Aguirre recuerda su infancia en un barrio de la capital de México, la travesía hacia Estados Unidos y sus impresiones al encontrarse con una tierra y una familia extendida desconocidas. Explica que creció en Johns Island en un mundo muy complejo marcado por dos culturas completamente diferentes: la de sus compañeros en la escuela privada Charleston Collegiate, quienes en su mayoría eran blancos de clase media y la de su comunidad de origen mexicana y de clase trabajadora. Después de terminar la escuela, participó en un taller de la organización United We Dream para jóvenes DACA en Washington, DC y luego se unió a ellos como activista y organizadora. Aguirre habla acerca de algunas barreras que enfrentan los jóvenes soñadores, entre otros el alto índice de problemas de salud mental y la dificultad para acceder a servicios adecuados. También reflexiona acerca de desafíos para organizarse políticamente tanto en Carolina del Sur como nacionalmente, los aspectos positivos y negativos de su trabajo como organizadora y defiende el derecho de los jóvenes indocumentados a contar su propia historia y a definirse a sí mismos. Finalmente, señala que su sueño es retomar sus estudios universitarios.</text>
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                    <text>TRANSCRIPCIÓN – MARCELA ORTEGA
Narradora: MARCELA ORTEGA
Entrevistadora: MARINA LÓPEZ
Fecha de la entrevista: 31 de mayo, 2019
Lugar de la entrevista: Goose Creek
Duración de la entrevista: 89 min.
MARINA LÓPEZ: Hoy es 31 de mayo del año 2019. Soy Marina López y estoy
haciendo una entrevista para el proyecto de historia oral, Voces Latinas del Lowcountry,
con la señora Marcela Ortega. Marcela, ¿se puede presentar, por favor?
MARCELA ORTEGA: Sí, claro que sí. Muy buenos días. Mi nombre es Marcela
Ortega Ceballos. Soy mexicana y vengo de un pueblo pequeño que se llama San Luis
Potosí. Allá fue donde yo nací, en el campo, con mis padres. Tengo dos hermanos y
cuatro hermanas. Bueno, mi historia comienza que muy pequeña estuve ahí en los
campos con mi padre. Él sembraba tomate, cebolla, melón, algodón, chile y también se
dedicaba al comercio, y tenía como vacas, las vendía, hacía su negocio y yo era una de
las que más me iba con él al campo.
Me dormía en el monte con él esperando que bajara la lluvia. Cuando llovía
bajaba el agua por los ríos y fue algo tan hermoso que yo viví. Esa infancia tan bonita que
hubiera querido que mis hijos la hubieran vivido, pero pasó el tiempo después a los nueve
años nos fuimos a una ciudad grande, se llama Tampico Tamaulipas. Es un puerto.
Después de ahí, pues ahí seguí yendo a la escuela. Con mis compañeros crecí ahí con
otros amigos, con mis hermanas primero, después llegó mi padre y con mis dos hermanos
más pequeños. Ahí terminé mis estudios. Tengo primaria, secundaria y comercio. Soy

�Marcela Ortega

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contador privado. So, en un instituto de tres años que estuve estudiando.
ML: Marcela ¿Qué número de hermana es usted?
MO: Yo soy la cuarta.
ML: ¿Dice que se fue a Tampico con su papá primero?
MO: No, con mi mamá. Ya mi hermana estaba allá en Tampico, las mayores.
ML: Dice que creció en un ranchito.
MO: En un pueblo pequeño.
ML: ¿Cómo es diferente Tampico del pueblito pequeño donde usted nació?
MO: Bastante. El pueblo, usted se alimenta sanamente. Estoy hablando de hace
sesenta años. Es cuando yo me acuerdo a los cuatro años todo eso. Nosotros comíamos
tortillas, que hacía mi madre, todo era fresco, gallinas, huevos, todo era fresco, la comida.
Crecimos sanamente. Por cierto, a veces dormíamos en el suelo. Teníamos nuestras
camas, pero nos dormíamos en el suelo, y ahora agradezco haberme dormido por varios
años en el suelo, en la tierra.
Claro, teníamos nuestras cobijas y todo. ¿Por qué? Porque ahora me doy cuenta
que la mayoría de las personas que han dormido y que andan descalzas en la tierra, como
que tenemos un poco más de fuerza en el cuerpo, porque el sol durante el día, la tierra
absorbe los rayos del sol, entonces eso le da a la tierra como más fuerza. Entonces, si
usted está tocando eso, le transmite la tierra toda esa fortaleza. Yo no sabía, pero les
agradezco a mis padres. Eso fue muy fantástico.
ML: La vida debe haber cambiado bastante cuando usted se fue a Tampico
¿verdad?
MO: Mucho. Yo extrañaba mucho porque usted podía correr a donde usted

�Marcela Ortega

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quisiera. No había carros, usted podía andar caminando en las noches a la luna. No había
luz en aquel entonces. Ahora sí hay en ese pueblo, pero no había luz y con bombillas que
ahora uno pone de adorno, ¿verdad? Pero en ese entonces, era muy bonito, veíamos en las
noches cuando de repente los aerolitos y cosas así que iluminaban todo el cielo, porque
uno se da cuenta, uno ve cosas que ustedes no se imaginan. Inclusive vi un platillo
volador en aquel entonces junto con mi madre y mis hermanos. Muy padre.
ML: Así que debe haber sido muy diferente cambiar a vivir en un barrio, me
imagino, en Tampico.
MO: Llega uno, como luego dicen la jungla de concreto en Tampico. Calor.
Carros. La gente no sabe uno si está actuando bien con uno. Completamente diferente.
ML: ¿Cómo era la escuela diferente en una población y en la otra?
MO: En la escuela primaria cuando allá estudiaba completamente diferente.
Nosotros salíamos a los cerros, a las montañas, todo el grupo, comíamos allá,
acampábamos para estudiar las plantitas y todo eso. Regresábamos, barríamos nuestra
escuela, hacíamos bailables, hacíamos teatro. Y cuando llegué a Tampico no tenías
amigos, nadie te habla. Tus amigas las vas conociendo, pero es bastante diferente,
completamente diferente. Sí extrañaba mi hogar, todo lo extrañaba.
ML: ¿A qué se dedicaron su papá y su mamá cuando se mudaron a Tampico?
MO: Mi mamá no trabajaba, mi papá se quedó en el pueblo. Él siguió a sus
labores de siempre. Pasaron los años y a los veinticinco años mi padre regresó. Él se vino
a vivir con mis— bueno, mis hermanas mayores lo trajeron a vivir con mi madre. Y
estuvieron juntos después por muchos años. Él murió y mi madre murió hace un año. Mi
madre no hacía nada, nos cuidaba. Cuidaba los nietos de mis otras hermanas, y ella tenía

�Marcela Ortega

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a sus hijos cuidando a su hija más chica que ahorita tiene cincuenta años.
ML: ¿Su papá los seguía manteniendo a ustedes con el trabajo?
MO: No, mis hermanas mayores trabajaban en casa. Ellas eran las que nos
mantenían. Mi hermana Susana, Onorina, Soledad, ella era maestra. Bueno, para
solventar sus estudios, mis dos hermanas ya no estudiaron. Estudió como para secretaria
la segunda hermana y ella fue la que trabajaba en oficinas. Mi hermana solventó a mi
segunda hermana para que estudiara. Ella trabajaba en una casa. Y después mi hermana,
la tercera que fue maestra, ella se fue a vivir con mis abuelos de niña, y ellos la
mantuvieron y luego la mandaron a una ciudad cerca a que siguiera sus estudios. Y ya
después ella fue maestra. y ya sí a los veintiún años ella ya era maestra. y yo, pues estaba
más chica, pero yo a los trece años comencé a trabajar.
ML: ¿Qué empezaste a hacer?
MO: Yo comencé a trabajar en un consultorio cuidando, llegando la gente,
anotándola para pasarla con el doctor. Y seguía la escuela. Después ya más grande, yo
quería más, no quería ser nada más así, entonces me metí a estudiar danza hawaiana,
tahitiana, regional y danza moderna. A mí siempre me ha gustado. Después ya no trabajé
ahí, me fui como de manager a unos súper, que le llaman allá. Después de eso puse mi
puesto en el mercado, cargaba cajas y llevaba las papas, tomates, cebolla, porque eso lo
que más me gusta. Entonces, ya después andaba todos los días, era el mercado rodante –
un día en un lado, otro día en otro lado.
ML: Todo esto en Tampico, ¿verdad?
MO: Todo eso en Tampico. Para esto tenía que comprarme una camioneta, sino
no podía mover mis cosas, había que armar. Pero cuando yo comencé a entrar ahí, no era

�Marcela Ortega

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muy, siempre los señores grandes o parejas grandes eran los que hacían esas cosas en los
puestos rodantes. Pero yo entré ahí y todos se quedaban sorprendidos cómo yo andaba
ahí.
Bueno, yo a las cuatro de la mañana a levantarme. Si iba a una boda y eso, nos
íbamos a tornaboda, pero de la tornaboda llegaba a bañarme y vámonos a trabajar. Para
eso, para poder moverme, compré una troquita. Vine a la frontera a comprar una
camioneta. No sabía manejar. Para esto ya era novia del papá de mis hijos. Él fue el que
también me animó que entrara a la danza de hawaiana y tahitiana. La troquita era de
velocidades, era una Ford de los cuarenta o cincuenta, que estoy arrepentida de haberla
vendido ahora. [Risas] Sabía un poco de la esa era de velocidades.
ML: ¿Con marchas?
MO: Sí, entonces para manejar y llegar a veces cuando no tenía quién me llevara,
yo me iba, sabía dirigirla y todo, pero cuando metía la velocidad se paraba y mis chavos,
los que me iban a ayudando pues ahí, ya sabe ¿no? Yo decía, “No, aquí hay un semáforo.
No voy a pasar por ahí para no pararme.” Me daba la vuelta, pero cuando ya de plano no
había por dónde, y ya, se mataba la troca. Y así hasta que aprendí bien. Y pasó el tiempo,
tenía mi escuela también de danza. Ya estaba grande, ya tenía como unos veintiséis años,
tenía mi escuela de danza de hawaiana y tahitiana. Y tenía mi puestecito y así pasaba el
tiempo, así seguía hasta que un día me casé con Enrique, el padre de mis hijos. Duramos
muchos años de novio, duramos ocho años.
ML: ¿Lo conoció bien jovencita entonces?
MO: Sí, él tenía diecinueve y yo veinticuatro. Yo soy mayor. De ahí comenzamos
y duramos como ocho o nueve años de novios hasta que un día mi cuñado dijo, “Bueno,

�Marcela Ortega

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ya, legalicen el amasiato.” [Risas] Y después nos casamos. Se pasó al tiempo, como a los
seis meses de haberme casado comenzó mi embarazo, hasta que ya dije, “Bueno, no hay
nada que hacer aquí.”
ML: ¿Por qué no?
MO: Porque en México si los que tienen carreras universitarias batallan para
encontrar un trabajo, imagínese que yo no tenía grandes estudios. Y como ya más o
menos sabía el movimiento de este lado con mis primas, yo dije, “Yo gano más allá,
cuidando niños que estando aquí.”
ML: Y cambia la perspectiva de la vida cuando uno va a tener un bebe ¿verdad?
MO: Sí, mucho. Me puse un poco enferma, pero dije, no, yo no puedo. Yo dije,
“Mi hijo va a nacer en Estados Unidos y me voy, porque allá la vida para él va a ser
mejor.”
ML: Antes de que me cuente cómo es que usted se vino para acá, me dice que
tenía primas usted en Estados Unidos.
MO: En McAllen, Texas.
ML: A mí siempre me interesa cuál es la relación de la familia de uno, cuál es la
experiencia que la familia de uno tiene con la inmigración, con vivir en los dos lados de
la frontera. ¿Usted tenía primas en Texas?
MO: Sí.
ML: ¿Y alguien más?
MO: Tenía otras primas en Houston. Se supone que yo venía a Houston con ellos,
pero cuando ya les dije que estaba de este lado, me dijeron que no había lugar para mí.
Dijeron, “No, es muy difícil,” porque ellos habían tenido un problema con una persona

�Marcela Ortega

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que había llegado años atrás. Entonces, mi primo hermano me dijo, “No, discúlpame,
pero mi esposa no quiere.” “No, está bien, muchas gracias. No hay problema.”
ML: Y usted se está viniendo, según entiendo, a fines de los ochenta, ¿verdad?
MO: En el ochenta y nueve llegué aquí.
ML: Esta gente que usted conocía, ¿era gente que había emigrado en ese tiempo o
era gente que había emigrado muchos años antes?
MO: No, muchos años antes. Ellos eran ciudadanos.
ML: Así que usted ya viene escuchando esto de la familia viviendo del otro lado
por muchos años.
MO: Mi padre, cuando yo era chica, se vino de brasero, pero yo no tenía idea. Yo
no sabía nada.
ML: ¿Y cuándo vino a saber de eso?
MO: ¿De venir a Estados Unidos?
ML: De que su papá se había venido.
MO: Ah, cuando ya estaba grande mi mamá me dijo.
ML: Le contó. ¿Su papá además de trabajar en la tierra que era de la familia,
también migraba
MO: Aquí.
ML: Acá a Estados Unidos, pero en el circuito de los trabajadores migrantes de
México, ¿no? vio que hay trabajadores de campo que van a diferentes lugares en
México.
MO: No, él tenía muchas tierras.
ML: Así que se vino para acá, pero.

�Marcela Ortega

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MO: Pero venía nada más por temporada y se iban, pero antes no era como ahora.
digo, claro, los esclavizaban bastante, en verdad.
ML: Así que usted se decidió venirse para aquí. ¿Cómo es que se planea un viaje?
¿Cómo una mujer que tiene puesto en el mercado, que tiene su escuela de danza, que está
embarazada, planea prepararse para irse a Estados Unidos?
MO: Yo dije, si yo me quedo aquí, me voy a quedar estancada y más que estoy
embarazada. Nadie me va a dar trabajo. Porque allá son gente fría, los jefes, a ellos no les
importa. Ganas muy poquito la hora y aparte de que llegas y te hacen examen, oh, y
aparte te revisan de arriba abajo, se están bien, si no estás bien. Por desgracia, así es en
México. Allá si a usted la ven feíta, para secretaria, y va otra guapa, aunque sea burra, se
lo dan a la otra.
Entonces, yo dije, bueno, “Me voy a Estados Unidos, ¿te vas o te quedas?” Las
cosas ya andaban así. Dijo, “No, me quedo.” “Okay, pues yo me voy.” Mis hermanas,
“¿Qué vas a hacer? No te vayas, ¿cómo crees?” Porque sabían que venía con ellas, pero
ellas no sabían que me iban a rechazar. No me importó. Dije, “Me voy.” Hice mis planes
y me dicen, “Chela, pero estás embarazada.” “No importa. Quiero que mi hijo nazca en
Estados Unidos.”
ML: ¿Puedo preguntarle cómo se vino? ¿Tenía visa usted para venirse de turista?
MO: Sí, tenía visa y pasaporte. Nunca pasé de acá. Yo venía muchas veces a
comprar porque también vendía ropa de segunda. En aquel entonces era muy famoso eso,
porque eso quería mi troca, porque viajaba a Estados Unidos, a McAllen o a Brownsville
a comprar mis pacas de ropa.
ML: ¿Eso es frontera con qué?

�Marcela Ortega

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MO: McAllen, Texas, hace frontera con Reynosa y Brownsville con Matamoros.
Está a seis horas Tampico.
ML: Así que usted cruzaba con su visa turista para hacer comercio.
MO: Sí, nomás llegaba hasta allá, no pasaba más. Y también le digo, vendía eso.
Yo le dije, “Me voy,” nadie quería, pero como estaban las primas acá. “Está bien.” Ya
cuando tomé una decisión, ellos ya me conocían, que eso era y eso era. Un día antes me
dijo él, “Está bien, me voy,” porque le dijeron que cómo me podía venir y con mi bebé. A
mí no me importó si no venía. Le dije, “Ya hice el plan. Primero Dios, vamos a seguir
adelante.” Y así pasó. Un día antes dijo, “Está bien, me voy.” Ya nos vinimos juntos.
Llegamos con mis amigas que tenía en Reinosa. Me fue a recibir, le dije, “Amiga,
estoy en la estación de autobuses. Acabo de llegar. Vengo con mi esposo. ¿Puedo
quedarme esta noche en tu casa?” Esa amiga fue una chica que cuando ella estaba soltera
y jovencita, igual que yo, su madre murió y se quedó huérfana ella y varios hermanos.
Y ella siempre iba conmigo y mi mamá le daba de comer, aunque fuera queso con
frijoles, decía, “Qué rico está. Nomás tengo eso, m’hija,” siempre la llevaba a comer. Y
andaba en una casa y en otra y así. Pues, ella fue Miss Tamaulipas de tan bonita que
estaba. Y pasó el tiempo, después ella se casó con un ingeniero, le fue muy bien, gracias
a Dios. Sufrió mucho entonces, ella fue por mí. Se portó mejor que mi familia.
Fue por mí en un carro y dijo, “Es mi carro.” “Ay, qué padre.” Me llevó a su casa,
tenía sus dos hijos y su esposo. Su esposo era también de Tampico, eran familias
adineradas, bien, bien. Ya me ofreció su casa, me dijo, “Quédate hasta que ya te pases.”
“Pues, muchas gracias y mira, nadie sabe cuándo nos va a tocar el favor.” Los ángeles te
los tiene Dios acomodados. Nos venimos, le dije, “Déjame ahí en la frontera.” Nos dejó.

�Marcela Ortega

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Agarré una maletita, todo lo demás lo dejamos. Vámonos. Y ya pedimos permiso.
De ahí fue un primo hermano que él fue por Brownsville. Él fue por nosotros pasando la
frontera y nos fuimos a dormir a su casa. Después de ese primo hermano, muy bueno, su
familia y todo, le hablé a mi prima y me dijo que no. entonces, vimos en un papelito que
estaban ocupando gente, que no sé qué, que no sé cuánto.
A Houston, llegamos con una señora, ahí estuvimos por unos días. Le ayudaba en
todo porque no traíamos dinero. Traía mi anillo y le dije, “Tenga.” Dijo, “No, ¿cómo
crees?” Bueno, ahí ya hablamos y todo, pasaron los días y nos contactó con la persona de
aquí. Nos venimos en una van de quince personas y yo embarazada. No comíamos muy
bien. Me acuerdo que él traía como un dinerito y me compró una manzana para mí. Eso
fue lo que comí. Después las personas que nos traían, porque ellos hacen dinero,
¿verdad? Nos trajo y —, yo no me arrepentí de todos modos. Yo estaba feliz. Yo dije,
“Aquí lo voy a hacer.” Y nos compraban sándwiches con bologna, eso era lo que
comíamos. Llegamos aquí como a la medianoche. El señor dijo, “No, no puedo ir ahorita
por ustedes.” Llegamos a Johns Island.
ML: Y antes de que me cuente, porque todo lo que me cuenta es fascinante, pero
usted me dice que en Houston hizo la conexión para venirse a Johns Island.
MO: Uh-huh.
ML: ¿Cómo hace una persona recién llegada de México para encontrar
información que, en Johns Island, en Carolina del Sur, están necesitando gente? ¿Quién
entre sus redes, entre sus primos, entre la gente que usted vio sabía de esta conexión de
trabajo?
MO: De Brownsville llegamos en el camión, porque podíamos llegar hasta

�Marcela Ortega

11

Houston y de ahí ya no podíamos venir para acá. Ahí se necesita otro permiso. Llegamos
a Houston y ahí fue donde me rechazaron mis primos que viven ahí. Dijimos, ¿qué
hacemos? Había unos papelitos, como aquí Marcela hace, Marcela Raven
ML: Y cuando usted dice ahí, ¿qué es, en la estación del bus?
MO: En la estación del bus. Estábamos sentados, ¿qué hacemos sin dinero y sin
nada? y yo embarazada Entonces, Enrique agarró un papel, un periodiquito, él es muy
bueno para leer y libros y libros, yo no.
ML: Hacían buen equipo.
MO: Yo no, yo soy de trabajo. Ponme dónde sea y yo te lo hago. A mí no se me
dificulta nada. Gracias a Dios mientras me dan vida y salud todo se puede hacer en esta
vida. Y dice, “Mira, Marcela, aquí hay un teléfono de una señora que dice que ella nos
puede conseguir trabajo y que esto y que el otro.” “Llámale.”
ML: Y esa era la señora que le dice, “Acá está mi anillo.” Pero entonces a esa
señora la ubica ustedes, no a través de los parientes, sino a través de un periódico que
estaba en la terminal donde llegaron.
MO: Sí.
ML: Ahora entiendo. Así que usted se viene pensando que iba a estar con las
primas y se viene a Johns Island. ¿Le dicen ahí qué tipo de trabajo iba a estar haciendo en
Johns Island?
MO: No, nos habían hablado a la señora en Houston, cuando ya estábamos con
ella, y dijeron, “Nos vamos a llevar esta noche a todas las personas para la – de naranja,”
pero hay que subirse a los árboles usted sabe con escalera. Entonces, hicimos el plan, y
dije, “Okay, Enrique, como yo no me puedo subir por el embarazo, tú te vas a subir y yo

�Marcela Ortega

12

abajo voy a levantar lo que tu cortes.”
ML: ¿Quiénes eran la gente que venía en la van con ustedes? ¿Era gente de
Houston, era gente recién cruzada?
MO: Eran igual que nosotros. Ellos sí venían ilegales. Ellos sí pasaron sin nada.
Nosotros éramos los únicos que traíamos pasaporte y visa.
ML: Pero era gente también que venía a trabajar.
MO: En dónde saliera. Entonces, así le dije, “Yo levanto las naranjas y tú las
cortas, te subes.” Ya habíamos hecho el plan en la noche. Cuando ya llegó la noche, ya
nos íbamos a preparar para irnos a Florida, entra una llamada, el señor se llama Abel
Hernández, y nos dice la señora, “No, ya no se van a ir ustedes. A ustedes los voy a
mandar a Sur Carolina, a Charleston, Johns Island. El señor quiere una pareja que le
ayuden en su tienda, en una tiendita como bar tienda.
Él trae inmigrantes para piscar tomate, cebolla y eso, en la época de inmigrantes,
que era cada año. Entonces, dijimos, “Gracias Dios, nos vamos para allá.” al siguiente día
nos vinimos en esa van y llegamos. Cuando venía – fue en la noche – cruzando de James
Island a Johns Island, usted sabe que hay un puente. Ese puente no era así. Se comenzó a
abrir y yo vi como un restaurante que está ahí abajo, yo creo que era el Crab Shack o algo
así, que por cierto me encanta. Vi muchas luces y yo dije, porque veía desolado, usted se
adentra a los lugares que no hay tantas casas.
ML: Absolutamente, son zonas rurales.
MO: Zonas rurales. Cuando iba pasando ahí dije, “Qué bonito, ¿qué será ahí?”
Muchas luces de colores. Yo soy así, luces de colores me encanta. Entonces, ya pasamos
el puente, se abrió y pasamos en lancha. No había puente, se abría el puente cuando

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pasaban los ah, no, no, cuando pasan los barcos se abría. Ya me acordé. Sí, sí pasábamos
por el puente, pero era un puente de madera.
ML: Usted está hablando del puente.
MO: De James Island a Johns Island.
ML: Claro, porque ahora está el puente grandísimo, el puente alto, pero antes de
ese puente.
MO: Antes de ese puente. Era puente de madera chiquito. Se cerraba y ya podía
pasar. Cuando yo pasé yo me acordé de un sueño que dije, mi sueño se vino a la mente,
¡guau! Por eso soñé esto. Yo tuve mi sueño muchas veces que Enrique y yo pasábamos
un puente en lancha, por eso dije en lancha, ya me acordé. [Risas] Y me acordé de ese
sueño y tuve otro sueño también. Pasamos ese puente y llegamos a la tiendita que está en
la Main Road, enfrente de las bodegas, que ahorita venden cosas para casas. La señora
arregló muy bien todo eso.
ML: Main Road, ¿en frente de qué?
MO: De las bodegas de tomate.
ML: ¿Ahí estaba la tiendita del señor Abel Hernández?
MO: Ahí estaba.
ML: Y era una tiendita que vendía ¿qué?
MO: Vendía tomate, vendía poquitas cosas, más que nada vendía cerveza y tenía
mesas de billar, y se iban a gastar ahí.
ML: era como un bar
MO: Tenía como sándwich, teníamos comidas frías y metían en el micro las
hamburguesas y todo eso. Era comida rápida.

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ML: Era como si fuera una tiendita de una gasolinera.
MO: Exacto. Por cierto, todavía están las paredes. No las tumbaron. La señora, la
que está ahora, es una tienda muy grande de cosas de jardinería.
ML: ¿Y es de la misma familia o es otra familia?
MO: Ellos compraron ahí, son americanos.
ML: ¿Abel Hernández está todavía por aquí?
MO: No, él está en México. Ya está viejito. La que está aquí es su hija. Ella sí
aquí se quedó. Su madre murió, la esposa de Abel murió.
ML: ¿Cómo se llama la hija?
MO: Cristelia Hernández.
ML: ¿Y la señora?
MO: Frances, se llamaba. Ella murió.
ML: ¿Era americana?
MO: Nacida aquí, pero era de padres latinos.
ML: Entonces, ya llegamos ahí a la media noche, en ese lugarcito triste, desolado.
Yo lo volteé a ver y dije, “bueno, primero Dios”. Le hablaron al señor Hernández y dijo,
“No, no voy a levantarlos. Mañana. Ahí que se queden.” Me sentí un poco mal, pero no
dije nada. Dije, mañana no creo que pueda trabajar yo porque aquí en la van veintitantas
horas, treinta horas en la van, y ya resultó que en la mañana siguie nte llegó él y nos
acomodó en North Charleston, en unas trailas nos trajo hasta acá, porque allá no había
latinos.
Había Chica y Acacio, esos son los primeros. Ellos ya estaban ahí, de los que me
acuerdo. Había como cinco familias nomás. No conocíamos a nadie. Nos vinimos y en

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ese momento dijo el señor, “Cámbiense, arréglense.” Había más gente que acomodó, pero
a Enrique y a mí, dijo, “Ustedes se van a ir ahorita conmigo.” Okay. Me llevó ahí a la
tienda cobrar, porque usted sabe, uno a veces trae más o menos presentación, sin
arreglarse, lógico, pero unas ropitas que traía yo de México, dijo, “Usted y usted se van.”
Nos fuimos a ayudarle a la tienda. Vendía miles en esa tienda. No había nada. Tienda
chiquita.
ML: ¿Y usted está llegando en mayo, ¿verdad?
MO: Mayo 30.
ML: Hace treinta años que está aquí.
MO: Ayer hizo treinta años.
ML: Esta tienda que hacía tanto dinero, ¿era porque le estaba vendiendo a la gente
que trabajaba en la bodega?
MO: Todos los inmigrantes y a los demás que llegaban de los campos, campo de
Luna, campo de Jenkins, bueno, un montón de campos que había.
ML: Pero era gente que estaba por la temporada.
MO: Por la temporada. Él hacía mucho dinero en la temporada.
ML: ¿A qué parte de North Charleston se fueron a vivir?
MO: En las trailas que están en Trolley Road. No, no, es la que está en la esquina,
que está cerquita los tacos.
ML: ¿Será Dorchester Road?
MO: Ashley Phosphate.
ML: Stall Road. De Stall Road se lo llevaba y todos los días se lo llevaban a la
isla a trabajar.

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MO: Todos los días.
ML: ¿Había latinos en Stall Road en esa época?
MO: Casi no, muy poquito. Nomás venían a rentar por temporada.
ML: Así que no había casi latinos viviendo permanentemente en la isla.
MO: No.
ML: Y todavía en Stall Road no había.
MO: No había nada, ahora le dicen la avenida México. Y nos llevaba todos los
días y yo decía, el ambiente, yo dije,”me aguanto”. Puro hombre. No había muchas
mujeres, familias que llegaban con los niños, bien pobres. No sé, yo me entristecía ver las
familias cómo llegaban los niños en calzoncito, en pañales. Ellos no traían dinero para
comer. Ganaban bien poquito en el campo. El sudor, temblaban, deshidratados y los
maltrataban los capataces a la gente.
ML: ¿La gente era mayoritariamente de México?
MO: No, de todos lados. Bueno, realmente yo conocí más de México, porque casi
no venía, de distintas ciudades de México, más que nada de los little towns, porque de las
ciudades grandes no. Yo a nadie conocía de una ciudad grande de que hubiera venido,
nomás yo. Yo decía, ¿por qué te viniste?
Entonces pues pasó el tiempo y yo mi panza estaba más grandecita y yo, para
diciembre, yo dije—como pasaron tres meses le dije a Abel, “Oiga, Abel, ¿me permite
vender quesadillas?” Dijo, “Sí.” Okay, hacía mis cien quesadillas y me las llevaba y así,
las vendía a un dólar, y era un dinero extra que tenía, que me pagaba él poquito. Pero él
nos llevó a vivir a su casa. Le trabajamos muy bien que dijo, “Ya no se van, se van
conmigo, ahí hay un cuarto y se quedan.”

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ML: ¿Y dónde estaba la casa?
MO: Johns Island, como a dos cuadras de la tienda.
ML: ¿Sobre Main?
MO: Dando como una vueltecita.
ML: Pero en esa zona.
MO: En esa zona. Ya nos fuimos a vivir y después nos puso una trailita chiquita
de esas que viaja uno, dos camitas y una cocinita, era todo. Y me dijo, “Aquí se van a
quedar.” Nos fuimos para allá y ahí ya nos quedamos. Yo hablaba a mi familia con
muchas moneditas, porque me salía a hablar. No lloraba, pero en mi estado todo le dan
ganas de llorar. Pero sí colgaba y me arrancaba a llorar. Lloraba mucho, pero dije, “no,
por algo estoy aquí. Mi hijo va a nacer aquí y va a tener una mejor vida”. Pasó el tiempo,
mi hijo nació en— Bueno, lo que tengo mucho en mente en esos días es cómo llegaba la
gente, los inmigrantes. Llegaban, así como panal de abeja, llegaban un montón, se llenaba
Johns Island de gente, de los campos, de puros inmigrantes. Y cuando pasaba la
temporada se acababa todo, quedaba en paz. Troques por dónde quiera, había accidentes,
bueno, lógico. Entonces, yo me comencé a hacer conocida entre la gente esa y ya me
fueron conociendo más y ya me buscaban para comprarme cosas.
Para esto, primero compramos un carro de trescientos cincuenta dólares para
movernos. Porque no podía ir al doctor, no tenía carro, no sabía inglés. No sabía nada.
Había una clínica, había un Rural Mission, una clínica la Franklin C. Fetter, ellos cómo
ayudaron al inmigrante. Yo les estoy muy agradecida. No tiene idea cuánto ayudó la
clínica. Así pasó, entonces la gente de Rural Mission, que abrían las escuelas para los
niños, los inmigrantes llevaban a sus niños de siete a cinco de la tarde, los entregaban.

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Los mismos le daban de comer, los cuidaban, ayudaban al inmigrante como no tiene idea.
Ayudaban.
Ahora eso ya pasó, ya no. Había mucha ayuda. Una vez una señora fue porque
revisaba a la gente inmigrante y me vio ya, ya estaba bien así, y le dice a Frances, “Esa
niña está embarazada.” Yo ya tenía treinta y cinco años, pero me veía bien jovencita. Y
dijo, “Niña, no, en serio.” Y me dice, “¿Necesitas algo?” Y le dije, “No, todo está bien.”
“¿Quieres algo de comida?” “No, pero si me quieren traer algo está bien.”
Pero yo seguí trabajando con mi panzota. Andaba en los campos manejando y así.
Pero me hacía bien. Yo nunca me acosté. Yo nomás en la noche a dormir. Yo vine a
trabajar, yo vine a sacar adelante a la familia.
Enrique por su lado, pero yo dije, bueno, está bien. Ya él trabajaba en Columbia
que se lo llevaban a vender tomate y cosas así. Llegó el día que nace el bebé, a las dos de
la mañana yo estaba solita en la trailita. Y el papá estaba en Columbia, entonces, me
desperté que tenía ganas de ir al baño y ahí fue, me paré y dije, ya me oriné, pero no, era
la fuente. Y me esperé hasta las cinco de la mañana y fue a tocarle la puerta.
Todavía me acuerdo que ella decía, “No, llegó despacito y apenas oí sus
toquidos” y salí. ¿Qué te pasó?” “Es que ya.” “Okay.” Había una señora que se llama
Marcina en Johns Island, está todavía.
ML: Marcina Luna.
MO: Ella fue una de las más excelentes, que, de buen corazón, bondadosa, que
ayudaba a la gente a llevar al doctor, a llevar a comprar la comida, a llevarlos a lavar,
incluyéndome a mí. Esa señora fue tan buena en ese tiempo, todavía es muy buena.
ML: ¿Dónde nació el bebé?

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MO: El bebé, no me lo va a creer, nació en, estuve todo ese día, la fuente se me
había roto, me llevaron al hospital MUSC me llevó Marcina. Ella fue la que me llevó y
ella estuvo a mi lado todo el día, entraba y salía cuidándome.
ML: En esa época no había traductor en el hospital.
MO: No, no había. El niño nació como a las diez de la noche, el 30 de agosto. Ya
va cumplir sus treinta años él también. Al siguiente ya me fue a ver Frances y nada más
con su hija. No había mucho conocido. Para eso, yo me llevé mi lipstick y mi peine. Así
era yo. En la mañana siguiente yo ya estaba almorzada y todo, mi niño nació y no quería
comer. Y me dijo la enfermera, “Si él no come en veinticuatro horas, no te lo podemos
dar.” Estaba bien lleno todavía. Estaba blanco. Usted lo conoce, ¿verdad?
ML: No, no lo conozco. A Daniela sí, pero a Emanuel no.
ML: ¿Really? Él estaba en el Citadel, él sí la conoce a usted.
ML: ¿El me ubica a mí?
MO: Sí.
ML: Cuénteme entonces del primer día del Emanuel.
MO: El primer día no quiso comer. Yo bien preocupada, dice, “No te puedes ir
hasta que.” Llega en la mañana ese día, el 31 de agosto, llega Frances con la niña y
Marcina llega y yo ya estaba peinada, yo ya estaba pintadita, sentada muy mona. Dice,
“Muchacha, pero si ni parece que tuviste.” “No estoy enferma, yo vine a tener un bebé,
eso es todo, pero no estoy enferma.” El bebé en la tarde ya comenzó a comer. No quiso
mi chiche. Le dimos mamila para que comiera y no la quiso, nunca la quiso. Siguiente día
en la mañana, a las diez de la mañana, yo ya estaba para afuera. Marcina llevó la ropita.
Enrique ya no pudo venir porque pasó tan rápido. Usted sabe, a los patrones no

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les importa. A él lo necesitaban allá, pero claro, se le avisó y todo. A las diez de la
mañana me subió a su carro Marcina y dijo, “Vámonos a comer al restaurante,” con su
música. Le digo, “Marci, bájele tantito al radio porque el bebé.” “No, que se acostumbre
al ruido.” Y yo vengo de familia que así, “Cuidado, el bebé está dormido. No, no hagas
ruido,” que esto y que el otro y yo decía, oh. Y él bien dormido, no hacía nada. Nos
fuimos a comer. Ahí estaba con mi bebé.
Salimos derechito al restaurante, del restaurante me llevó y ya después en la
noche me llevaron a Columbia. Llegué a Columbia con mi bultito. Tenía tres días de
haber nacido. Y yo como si nada. Llegué a mi trailita a limpiar con agua y todo y que
estuviera. Y bien enredado y todo, dice “¿Por qué lo enredas?” “Porque así debe de
estar.” “No, no, ponlo gorrito.” “No, no.” “Sí, necesita gorro.”
Y usted sabe los cuidados de una madre. Después me admiraba yo cómo crían
aquí a los niños. Los traen en el mall, sin zapatos, sin calcetines, recién nacidos. Yo no
pude. No, venía diferente. Nos fuimos allá, llegué con mi bultito y ese día me acuerdo
que era como día festivo, no sé qué se celebra. Fue septiembre, como los primeros.
ML: Tiene que ser Labor Day.
MO: Exacto. Yo estaba ahí sentada en el puesto que tenía en el mercado con mi
niño en una cajita de tomates, ahí lo eché. Y llegaron unas americanas y dice, “Oh, es un
bebé.” “Oh, sí, es mío.” Yo no entendía. Había estudiado inglés, pero nunca lo había
practicado. “Qué hermoso bebé. ¿De quién es?” “Mío.” “¿Cuándo nació?” “Hace tres
días.” “¿Qué? ¿Y tú estás bien?” “Sí, estoy bien.” No sé, pero me arrimaron tanta comida,
nunca se me olvida eso. eso fue un gesto tan bonito y todavía van y me dicen, “Do you
need something else?” “Sí, [Risas]” yo no le entendía qué me dijo.

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Yo pensé que me estaba diciendo que si estaba bien. Entonces, dice Enrique, “No,
no, no te está entendiendo. Te está diciendo que si quieres algo más.” Y yo le dije, “No,
thank you.” [Risas] Y estuve allí y ya nos vinimos. Pasó el tiempo, llegó el huracán
Hugo.
ML: Antes de que nos vayamos a eso. Usted me dice que trabajaba con Abel en la
tienda, pero que a su vez la gente le empieza a pedir cosas. Cuando usted empieza a andar
en el carrito que se habían comprado por los campos, ¿vendía cosas de Abel o es que
usted empieza a hacer esta cosita aparte?
MO: Yo, y él sabía.
ML: ¿Cuántas horas tenía su día para que usted pudiera hacer todo lo que hacía?
¿A qué hora trabajaba en lo de Abel? A la tardecita me imagino cuando la gente volvía.
MO: Yo seguí trabajando con Abel, pero ya después que nos independizamos. No
había trabajo porque la tienda se cerraba. Entonces, ahí dije, no, y le dije a Abel —, él
tenía un árbol grande atrás de su traila, porque él vivía en una traila, y le dije, “Abel, ¿me
permites vender menudo ahí atrás, abajo del árbol?” “Sí,” yo comencé a decirles, “Tengo
menudo, tengo menudo.” Puse mi mesita. Primer día, primer domingo, cuatro gentes. No
se me olvida. Yo dije, no importa. Después no daba, tanta gente que llegaba y así
comencé a hacer menudo y después tacos. Menudo y tacos.
ML: ¿Y eso era gente que quedaba en la isla después de la temporada o era gente
de los mismos trabajadores migrantes?
MO: Bueno eso fue hasta el siguiente año cuando yo ya comencé. Pero dije, hay
que hacer algo. Compramos la van y nos fuimos a Chamblee, Georgia, a traer cosas y me
dedicaba a vender los fines de semana, casa por casa, ya de los inmigrantes que se iban

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quedando. Pero yo me iba, yo llegaba a las doce de la noche a mi casa. ¿Por qué? Porque
me iba a Georgetown, me iba a Walterboro. De aquel lado de Walterboro había campos
también. Iba a los hoteles en diciembre, la gente que llegaba a cortar el pino. Así. Y yo
investigaba. Yo comencé a venderles cosas. Ya me estaban esperando. Entonces, tuve
otra idea, llevando mis cosas, hacía tamales, cien, doscientos tamales a dólar. No había
dónde comer comida mexicana. Y así pasó el tiempo.
ML: Entonces, durante la época de la cosecha, usted trabajaba en la isla y después
empezó a tener gente que empezaba que quedarse.
MO: Después me salía. Sí, a quedarse en otros pueblos.
ML: ¿Cuándo empezó a ver como el pico de cuánta gente se quedó? Porque usted
llega como en el ochenta y nueve. ¿Cuándo es que usted empieza a ver que hay más gente
quedándose?
MO: A partir como del noventa y tres. Para entonces ya nosotros habíamos puesto
una tienda chiquita, cruzando la calle de donde está ahorita el shopping center grande está
el McDonald’s.
ML: El Mercadito que usted puso, ¿verdad?
MO: Sí, pero yo lo puse cruzando la calle, porque ahí no teníamos suficiente para
ir.
ML: ¿Usted ya había hecho todo este circuito? Lo de pino yo nunca lo había
escuchado.
MO: ¿Qué?
ML: Esto de la gente que venía a trabajar en el pino.
MO: Bueno, ellos no llegaban aquí. Es en Walterboro. Gente muchísima.

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ML: ¿Y eran mexicanos también?
MO: También eran mexicanos. Y yo llegaba al hotel en las noches, como a las
siete de la tarde, ya que ellos iban llegando, y ya ellos compraban tortillas, compraban
quesos, compraban chorizo, tenía mi hielera, galletas, todo lo que se refiere.
ML: Cuando usted dice, ‘yo me investigaba todo’, y yo le creo, ¿quiénes eran sus
fuentes de investigación? ¿Con quién era que usted se enteraba de dónde estaba la gente,
de qué era lo que se cosechaba? ¿Con quién se enteraba usted de todo eso?
MO: ¿Cómo?
ML: Lo de los pinos, por ejemplo, yo nunca había escuchado lo de los pinos.
¿Cómo sabe? ¿De conversar con quién?
MO: De los pinos, aquí venden pinos en Johns Island, pero no había tanto como
ahora. Entonces, yo fui a comprar un pino y yo le pregunté al señor, “¿Quién corta estos
pinos y de dónde vienen?” “Vienen de acá, de allá.” “¿Y quién los corta?” “Latinos
vienen, gente inmigrante los cortan.” “¿No sabe dónde llegan?” Me decían de otros, pero
en especial en Walterboro.
Me voy, porque allá está donde cortan pinos en diciembre. Y yo investigué.
Llegué revisando había un restaurante mexicano en Walterboro, y yo llegué ahí. Y le
pregunté, “¿Y no sabe a qué hotel llegan?” “Sí, llegan a ese hotel. Ahí siempre veo
mucho mexicano, mucho latino.”
ML: No iban a campo, iban a hotel. No iban a las casitas del campo, iban a parar a
hotel los trabajadores.
MO: Sí, yo llegaba a los hoteles, a donde ellos estaban hospedados. Y a veces los
esperaba. Usted sabe, llegan con un hambre los pobres, todo el santo día. Vendía sodas,

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vendía muchas cosas. Comencé a vender botas, camisas, sombreros y ellos me
compraban. En Georgetown también. En Georgetown gentes de las plantas, jardinería,
¿cómo se llama? ellos repartían plantas. Yo le dije al manager del Piggly Wiggly, ya
cuando nos movimos, que quedó el lugarcito, nos movimos al shopping center.
ML: Usted primero estaba del otro lado.
MO: Sí, del otro lado de la calle. Y después nos cruzamos y nos metimos ahí. Y le
dije al manager del shopping center, “¿Quién te trae tus plantas?” Dice, “De
Georgetown.” “¿Son latinos?” “Sí.” “¿Cuándo vienen?” Me dice el día. Esperé el troque
que llegara y era un latino el que manejaba. Y ya yo me presenté, “Ay, yo soy fulana de
tal y bla, bla, bla.” “Sí, hay mucha gente trabajando en esto, en las plantas.”
ML: Era una nursery grande en Georgetown.
MO: Muchas nurserías en Georgetown y ellos repartían a varios clientes. Dijo,
“Te voy a dar la dirección y no hay tiendas, no hay quién venda, no hay quién nos venda
tortillas.” Muy bien pues me fui para Georgetown y hay otros pueblitos. El durazno está
como más para allá de Walterboro, por un lado, no me acuerdo qué pueblo era. También
había muchas casitas, campos y ahí llegaba también.
Y así fui, con puros contactos. Ya después andaba más empapada de información.
El manager de al lado del Piggly Wiggly, comenzó a ver que yo tenía mucho latino y
tenía los productos. Ellos comenzaron a vender después. Ellos me estimaban bastante.
Para esto yo más o menos hablaba inglés. Me dice, “Marcela, ¿no quieres venir a cocinar
aquí y yo te pago tanto para que cocines comida latina?”
ML: En el supermercado.
MO: Uh-huh, en el Piggly. Le dije, “Nomás puedo ir a ayudarte por un tiempo,

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pero necesito que me pagues más o menos.”
ML: ¿Ese Piggly Wiggly estaba administrado por un propio dueño o era el
manager?
MO: No, era el manager. Ahí era monte, el Piggly Wiggly está en uno donde una
ferretería, más para allá por la Maybank ahí era donde estaba el Piggly Wiggly. Cuando
hicieron el shopping center ellos se movieron y se hicieron grande, que por cierto ahora
es el BI-LO o no sé qué.
ML: Sí, es el BI-LO. ¿El primer Piggly Wiggly fue el que está cerca de la iglesia
católica?
MO: No, no estaba por Maybank, yendo para James Island. Una ferretería que
está por ahí, ahí era el Piggly. También había otro allá, pero lo quitaron. Yo ya estaba ahí.
Llegaba todos y decía, “Olalá,” porque yo siempre decía, “Olalá,” decían, “Ahí viene
olalá.” Y todas las cajeras, hablaba muy bien con ellas y todo, morenitas, bien padre, me
querían bastante. Me estimaban.
Y así comencé a darme más a conocer, más que conocer hasta que ya, pasaba el
tiempo y se abrió una tienda de ropa ahí mismo en el shopping center, de ropa ya usada,
pero de esas cosas buenas que van y las ponen ahí. Para esto, nosotros vivíamos en el
campo, en un campo en Johns Island, de casas de cuatro recámaras de ladrillos.
ML: ¿A qué campo fue a vivir?
MO: Parecía que era de ahora es de Limehouse algo así. Se me olvida el nombre.
ML: ¿En qué calle?
MO: Después nadie decía el nombre de ese campo, como le llamaban al principio,
decían ‘el campo de Marcela’ y todavía. Me llegué a conocer tanto que ya los

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inmigrantes, “¿Y dónde están ahora?” “No, en el campo de Marcela.” Porque llegaban
ahí, ellos vivían en casitas así. Había como varias casas de cuatro recámaras de ladrillo.
Ahí llenaban, y tenían casitas y tenían una cocina grandota. Llegaban las familias que, yo
les daba de comer gratis, porque me daba mucha lástima porque no traían dinero. Había
muchachas con niños chiquitos.
ML: ¿En qué calle?
MO: Está en la calle River Road y Abbapoola Road, creo. Ahí está atrasito.
Yendo de aquí para allá, River Road y luego Abbapooola y luego se da vuelta así y a
mano derecha, ahí está el campo. Ahí estuvimos muchos años. Enrique trabajando para el
señor y yo ahí.
ML: ¿Para Enrique es el mismo patrón que lo llevaba a él a Columbia también?
MO: No, nosotros ya no trabajábamos con él porque nos independizamos. Y él le
daba gusto, dijo, “Qué bueno.” El señor se llama Paul, se me olvida el nombre, no
recuerdo ahorita exactamente el nombre. El señor nos permitió seguir viviendo ahí.
Después que se fueron los inmigrantes seguimos ahí y pasaron muchos años y venían los
inmigrantes e iban a la tienda. Yo seguía dando de comer en mi casa.
Me levantaba a las cuatro de la mañana a hacer de comer para que llevaran sus
desayunos, la cena, los domingos el menudo. Ya después de Mount Pleasant, ya había
mucha gente, iban y me tocaban a las seis, siete de la mañana por su menudo. No había
nadie que vendiera. Había un viejito que vendía menudos, ya me acordé. Ellos iban y
comían y cosas así y llevaban su menudito. Después estaban los de La Hacienda. Las
Haciendas. Todos los trabajadores de Las Haciendas, en aquel entonces que ahora no
están ya, son diferentes, iban a la mañana, porque se desvelaban, no sé, iban y se

�Marcela Ortega

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desayunaban con tortillas hechas a mano.
ML: ¿A qué le dice Las Haciendas?
MO: Los restaurantes.
ML: [Risas] Yo pensé que era eso lo que me estaba diciendo, pero los restaurantes
de las haciendas. ¿Ese fue el primer restaurante que estuvo por aquí, La Hacienda?
MO: Los loros y luego Las Haciendas. Entraron de lleno ellos, Las Haciendas.
Pusieron aquí, allá, allá, en Walterboro, en todo. Ellos llenaron de Haciendas. Yo conocí
a la familia, todos nos juntábamos con ellos, porque éramos los que andábamos aquí.
ML: Así que la gente terminaba de trabajar y se iba a comer comida verdadera de
México.
MO: Sí, ellos se iban a comer tacos y menudo.
ML: ¿Y se llegaban a Johns Island a buscar?
MO: Llegaban hasta allá, lejísimo. Era lejísimo. Ahí se quedaban a comer y yo ya
sabía más o menos, y pues bueno, pero sí ayudé mucha gente ahí. Gracias a Dios que me
dio inteligencia para poder ayudarlos. Había una señora que su niño ya estaba muy grave,
en ese ratito dejé todo, me la llevé con su niño a la clínica y dijo, “Señora, si usted no
traía este niño no sé qué hubiera pasado.” Yo dije, gracias Señor. Y ella a cada año que
iba, iba a otros campos, pero ella y su niño y su hermana iban a agradecerme siempre y
me llevaba cualquier cosita. Teníamos una muchacha que nos ayudaba con mi hijo. Mi
hijo era tremendo. Cuando comenzó a ir a la escuela Emanuel, pues, yo lo puse en
colegios privados, porque él estuvo en la escuela de los inmigrantes.
ML: Fue a Rural Mission?
MO: Al Rural Mission. Me lo querían muchísimo. Me di cuenta que me lo

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querían muchísimo porque era un niño de los que lo tenían como medio chifladito. Y una
amiga trabajaba ahí y decía, “Ay, tu hijo nomás me ve y me estira los brazos. Nomás
quiere que todo mundo lo tenga cargado.” Yo siempre lo vestía, lo subía al camioncito
con moño, sus tirantes, pantalones cortitos y sus botines. Siempre lo mandaba así. Tengo
muchas fotos también de eso, y todos me decían, “Ay, Marcela, ¿por qué?” “Porque así
me gusta.” Estaba acostumbrado.
Una vez llegaron todos los niños empapados en el autobús, tenía como tres años,
creo, y bajo a Emanuel escurriendo de sudor. Y yo le dije a la muchacha, “Oye, ¿por qué
los niños están así?” Todos sudados. Dijo, “No, es que no sirve el aire acondicionado.”
Al siguiente día le hablé a la señora, Ms. Gadsen, ella también muy buena gente y
Frances también se llamaba. Ella me ayudó tanto esa señora, le hablé a Ms. Frances y le
dije, “Ms. Frances, los niños ayer estaban, no tienen aire acondicionado. Pobrecitos.” Fue
un lunes, “No te preocupes, Marcela.” Para el viernes llegaron en un autobús nuevo, con
aire acondicionado.
ML: ¿Ms Frances trabajaba también en Rural Mission?
MO: Era la segunda. Ms. Gadsen era la mera, mera. Y pues bueno, así pasó. Eso
ya fue cuando tenía tres años, pero cuando Emanuel tenía quince días, él supuestamente
debía haber nacido el día del huracán Hugo, pero nació dos semanas antes. Por ahí me
dieron las fechas como para el 10 y 15 de septiembre, y gracias a Dios que no fue ese día,
que nació antes. Pero en esos quince días que vino el huracán nos tuvimos que salir. Él se
me enfermó de infección en su estómago. Eso era malo, malísimo.
La señora, una de las que trabajaba ahí era dueña de otro puesto en la marqueta
que estábamos en Columbia, me trajo hasta acá con él, a curar al niño. Me trajo y nada

�Marcela Ortega

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que ver, nomás eran conocidos. Se le agradece. La mamá de la muchacha ella también
murió de cáncer. Ella ya no está. A partir de ahí, Emanuel se hizo muy conocido. ¿Por
qué? Porque chupaba trapo, ya estaba grande, tomaba mamila, ya tenía seis años. [Risas]
Y luego, lo metí, lo llevé a la escuela, nos ayudaron mucho, no gasté por dos años
pañales ni comida para él, gracias a Dios. Nació con estrella.
ML: ¿Por qué le ayudaban? ¿Quién?
MO: ¿Por qué? Porque llegó el huracán Hugo entonces ellos comenzaron a
ayudar, la escuela, a los pocos inmigrantes que habíamos ahí. Le mandaban a Emanuel, la
gente, los americanos que ya me conocían, cajas de pañales, por dos años.
ML: Cuando usted dice la escuela, ¿es a través de Rural Mission que llega la
ayuda?
MO: Llega la ayuda a través de Rural Mission y todas las americanas que se
dedicaban a donar de Kiawah, de Seabrook. Yo conocí muchas personas. El mismo año
que nació mi hijo, ya de Acción de Gracias, había una señora americana que le dijo a la
jefa que ayudaba ahí y que hablaba español, que una familia de Kiawah quería invitar a
una familia a compartir su comida, que tuviera niños.
Nosotros fuimos los elegidos, por Emanuel. Fuimos a Kiawah, Emanuel tenía
apenas como cinco o seis meses. Fuimos a cenar con ellos. Ahí ellos compartieron con
nosotros y nos agradecieron de haber ido. Decíamos, “No, nosotros estamos muy
agradecidos y nosotros fuimos la familia que escogieron.” Así pasó el tiempo. Ya cuando
Emanuel tenía que ir a la primaria yo escogí una escuela privada. Ya había muchos
latinos y me decían varias amigas, ya habían pasado cinco años, seis, ya iba a la primaria,
“¿Por qué lo metes a una privada?” “Porque para mí la educación es primero.” Y se

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admiraban. Después, atrás de mí, después niños fueron a colegios.
ML: ¿A qué escuela fue?
MO: Al Nativity School, James Island. Ahí fue donde él fue. Y ahí pasó el tiempo
y yo seguí trabajando.
ML: ¿Usted tenía alguna relación con la comunidad católica de Johns Island?
MO: Al principio sí, ya después mi trabajo no me lo permitía. Yo trabajaba todo
el día. Aparte de todas mis cosas que hacía, comencé en aquel entonces a limpiar casas en
Kiawah. Había una señora que me daba su casa, o sea, ella tenía un puesto de --.
ML: Usted debe haber notado también estando en la isla, cómo creció Kiawah,
¿verdad?
MO: Oh, sí.
ML: Usted debe haber sido testigo de ese boom de la construcción en Kiawah.
MO: No, no, llegó la construcción después del huracán. Ni papeles le pedían, ni
un permiso, ni licencia ni nada, porque estaba atascado de trabajo en Kiawah. La gente
pasaba, no había control porque se destruyó. De ahí Kiawah creció bastante, creció
Charleston, North Charleston. Cuando yo llegué no había edificios. A mí me gustaba
Tampico, era una ciudad, un puerto, y Charleston era un puerto, pero yo decía, “No le
noto tan así.” Me parecía como un pueblo pequeño, muy antiguo, muy bonito, antiguo,
pero muy triste. Y como yo estaba acostumbrada a edificios y todo eso.
ML: Cuando usted vio, después de Hugo y del crecimiento de Kiawah, que usted
me estaba contando recién, que no solamente había conseguido trabajo para usted, sino
que pudo hacer como una empresa trabajando en Kiawah, ¿cómo Kiawah impactó en la
comunidad latina que estaba viviendo ya en la isla? ¿Eso abrió oportunidades económicas

�Marcela Ortega

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para la gente ahí? ¿La gente cambió de trabajo? ¿Vio algo de eso?
MO: Oh, sí, claro que sí. Los americanos comenzaron a buscar la gente latina
porque se comenzaron a dar cuenta que éramos gente de trabajo, que ellos podían
progresar también con nosotros y los americanos buenos con nosotros. Ahora ya ha
cambiado un poco pero antes ellos sí, sí crecimos mucho con ellos y ellos con nosotros.
La señora donde yo comencé a trabajar en limpieza, ella tenía una tienda de Coca Cola en
Atlanta. Ella vendía muchas cosas de navidad de Coca Cola, y me dijo un día, “¿No
quieres nada más simplemente hacer unos llaveritos de una Coca y meter el hilo rojo y
moñito?”
Yo trabajaba, cuando era la temporada en diciembre, en la noche, toda la noche
haciendo eso. La noche me salía quinientos dólares, desvelada con mi café, viendo tele,
pero haciendo, porque sino uno se queda atrás. Ella me estimaba bastante. Mucha gente
comenzó a entrar a Kiawah, se quedaron ya trabajando. Las compañías americanas
hicieron compañías grandes con los mexicanos. El centro de Charleston, las orillas,
comenzaron a crecer. ¿No ve cómo está ahora? lleno de edificios, lleno de apartamentos,
lleno de casas, es algo tan admirable, o sea, sorprendente cómo ha crecido aquí
Charleston, North Charleston. Y no nomás aquí, me imagino que en otras ciudades.
ML: ¿Cuándo fue que usted dejó la isla?
MO: Yo dejé la isla en el— Yo dejé la isla porque quería que mis hijos fueran a
otra escuela a las secundarias. La privada, donde yo quería que fueran, en el downtown
de Charleston, ¿cómo se llama la escuela del uniforme verde?
ML: Bishop England.
MO: Yo quería que fueran ahí. Ahora está en Daniel Island. Yo quiero que vayan

�Marcela Ortega

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ahí, pero no se podía. Nos fuimos en el año, no recuerdo exactamente, pero nos fuimos
para --. Awendaw
ML: ¿Cuántos años tenían los chicos más o menos?
MO: Ya iban a la High school.
ML: Okay, así que estamos hablando como en el 2000 y pico.
MO: Por ahí más o menos. En Mount Pleasant están muy caras las rentas,
entonces salimos de Mount Pleasant, porque queríamos comprar una traila, porque quería
que nos tocara Wando, la High school. Yo quería que fuera ahí. Pues sí, nos movimos
para allá, compramos una traila, la parqueamos y metí a mis hijos a Wando.
ML: Pasando Mount Pleasant.
MO: Sí. Ahí iban ellos al colegio. Y teníamos que ir a dejarlos y traerlos.
ML: ¿Y usted dejó la tienda en ese tiempo?
MO: Cuando dejé la tienda fue, sí, la traspasé a los dueños que ahora están. Ellos
iban a poner un restaurante. Ellos no querían la tienda y me pidieron permiso que, si
podían dejar el nombre del mercadito, yo les dije, “Sí, no hay problema.” Y así pasó.
ML: ¿Cómo cuántos años habrá tenido la tienda? ¿Diez años habrá tenido la
tienda?
MO: Yo creo que se puso como en el noventa y dos, por ahí, y duró-, mi hija tenía
como cinco años cuando se quitó.
ML: Okay, noventa y siete.
MO: Por ahí.
ML: ¿Y todavía usted siguió viviendo en la isla un tiempo?
MO: Sí, porque teníamos el restaurante La Huasteca.

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ML: Ah, de ese no hablamos. Vendió la tienda y puso un restaurante.
MO: No, ya lo tenía.
ML: ¿Dónde estaba eso?
MO: La Huasteca estaba en la Maybank por ahí, yendo rumbo a James Island. Era
una casita que ahora es barbecue, una casita anaranjada.
ML: Sí, sí.
MO: Ahí era. Le pusimos la Huasteca y la comencé a anunciar.
ML: ¿Qué quiere decir la Huasteca?
MO: La Huasteca Potosina es San Luis Potosí. Le decíamos La Huasteca Potosina
porque es como una selva y se le llama Huasteca Potosina. Hay muchos pueblitos
chiquitos, pero es como una selva. Entonces, hicimos una monita, una huasteca y la
pusimos para esto. A mí ya me habían entrevistado del Post and Courier. [Risas]
ML: Ya vengo bien preparada. [Risas]
MO: Sí, el Post &amp; Courier me había entrevistado. Me hicieron una entrevista.
ML: Es muy linda la entrevista.
MO: Y todavía sigo pensando por qué duermen los niños, deben de dejarlos que
estudien. [Risas] ¿Tiene las otras fotos?
ML: No, lo único que tengo es esto así que voy a estar contenta cuando usted me
muestre las fotos. Entonces, se sale de la isla.
MO: Todavía no me había salido.
ML: ¿Y cómo le fue con La Huasteca?
MO: Al principio --. Déjeme terminar, se me olvidó esa anécdota de las fotos.
Fueron los del periódico a entrevistarme. No fueron, yo fui a las oficinas y no sabía

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hablar muy bien el inglés. Pero creo que tuve a alguien, ya no recuerdo bien. Yo fui allá.
Pero cuando fueron a hacerme la entrevista me hicieron muchas preguntas, está larga la
historia, y yo estuve ahí con ellos.
Me sentí y pensé, cuando ellos llegaron, trajeron esa sombrilla que ponen con las
luces y todo eso, y me tomaron las fotos y estuvieron platicando conmigo y salió en el
periódico. Lo agarré y dije, “Mi esfuerzo. Gracias Dios.” Y me sentí muy contenta que no
era rica, de dinero, pero era rica en salud, sabiduría, mis amigos que me estimaban, la
gente que conozco y eso que apareció ahí. Dije, “este es mi premio de tanto trabajo en
toda mi vida.”
ML: Y eso a los poquitos años, yo saqué la cuenta que era como seis años de que
usted había llegado.
MO: No, pero yo comencé a trabajar desde los trece años.
ML: Claro, pero usted tiene este reconocimiento.
MO: Al tercer año, ya creo, por medio de un señor que trabajaba en el periódico
que nos comenzó a conocerme y comenzó a ver.
ML: ¿Era vecino de ustedes en Johns Island?
MO: Vivía en Johns Island, pero no era vecino. Vivía por ahí. Pero este señor, yo
no sé el impacto que yo hacía con la gente, que él decía, “No, yo te quiero poner. Dinos
la historia.” Lo que sí me arrepentí fue esto. Bueno, fueron gente americana a felicitarme
a la tienda, que muchas cosas yo no entendía todavía de inglés, de Kiawah, de Seabrook,
de downtown, de dondequiera, gente muy nice. Eso me satisfacía tanto. Entonces, al
tercer día me hablan de Nueva York, de ahí estoy arrepentida. Pero bueno, así es la vida.
New York Times, la revista, me llaman y me dicen que quieren hacerme una entrevista y

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¿qué crees que dije yo?
ML: Le dio vergüenza.
MO: “Gracias. No puedo”. Eso es lo único que --, pero dije, “bueno, Dios sabe
por qué hace las cosas.” Pero imagínese, lo iban a poner ahí.
ML: Todavía hay tiempo ¿verdad?
MO: [Risas] Así pasó. Siempre me acuerdo, me hablan y dicen, “¿De veras no?”
Y yo dije, “No, gracias.”
ML: [Risas] Cuénteme de La Huasteca, ¿Cómo le fue con La Huasteca?
MO: Maravilloso, de maravillas. Como pasó lo del periódico me pusieron --,
pasaron esos días entonces yo creo que dije, o no sé, total que comenzó la voz o yo
anuncié. Ah, porque fueron los del otro periódico, el que hacen en el downtown, un
periodiquito.
ML: Ah, ya sé, ¿Moutltrie?
MO: Más conocido.
ML: ¿El Chronicle?
MO: No.
ML: ¿Cuál habrá sido?
MO: Es uno de los conocidos que entrevistan mucho a los restaurantes y todo eso.
ML: No me acuerdo.
MO: Ellos fueron a la tienda. Por ahí tengo, me regalaron una maqueta, pero no la
tengo aquí, la tengo guardada por allá. No me acuerdo cuál fue, es muy conocido el
periódico.
ML: Porque en esa época habrá estado todavía el Evening Post, porque estaba el

�Marcela Ortega

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Post and Courier, pero eran de los mismos dueños.
MO: No, es uno que, porque todavía está del downtown, que donde van a
restaurantes americanos. Usted ve las fotos cuando abren el restaurante, los entrevistan y
cosas así.
ML: No es Charleston City Paper, ¿verdad?
MO: City Paper.
ML: ¿Ah, ya estaba el City Paper en esa época?
MO: Ya estaban. Ellos fueron a la tienda y creo que yo comenté algo de La
Huasteca, la anunciamos entonces los americanos comenzaron a leer, “¿Y cuándo la van
a abrir?” Pasó seis meses el anuncio así, “¿Cuándo la van a abrir?” El día que la abrimos
la línea, había como treinta personas afuera en línea.
ML: ¿Y sus clientes eran mayormente gringos?
MO: Americanos. ¿Por qué? Porque mi comida era auténtica. Ellos comenzaron a
ver y se pasaron la voz entre ellos, hasta un famoso, que ahorita no recuerdo, que llegó a
Kiawah, él fue a comer ahí.
ML: ¡Guau! ¿Usted pone la Huasteca más o menos para el mismo tiempo La
Hacienda y Los Loros se abrieron?
MO: No, mucho después. Los dueños de La Hacienda, los meros, meros, iban a
comer.
ML: Entonces, su tienda es después de estas dos tiendas. Su restaurante se abre
después de los de ellos.
MO: No, teníamos casi al mismo tiempo, pero fue mucho después de la tienda.
Entonces, tan nerviosa estaba yo que me dio --, bueno, por eso le digo que había

�Marcela Ortega

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demasiada gente. Me dio un ataque, ese día me tuvieron que llevar al doctor. Ya no
hablaba, mi lengua ya se estaba torciendo, me tuvieron que bajar en silla de ruedas. Me
dio el ataque del estrés de ver tanta gente y la sorpresa que tuvimos, el impacto. Fue algo
tan impactante que no lo podíamos creer.
Cómo tanta gente, americanos y gente de downtown, gente nice que decía, ¡guau!
Total, que les encantan mis fajitas, porque yo no usaba aceite, yo preparaba algo para
freír. No usaba aceite. Y un sabor que nadie lo tiene. Yo tengo todas esas recetas. Todo
era auténtico, los chiles rellenos, enchiladas huastecas, enchiladas aztecas, todo eso bien
auténtico. Un día voy a volverlo a poner. No tenía tanta experiencia en eso, pero ahora la
tengo y vamos a ver si algún día se me logra. Ojalá.
Porque poner un restaurante cuesta mucho. En aquel entonces lo teníamos para
ponerlo, pero ahora es diferente. Ya han cambiado las cosas. Adentro eran equipales las
sillas, muy auténtico adentro, eran equipales, son de piel y de carrizo. Las mesas eran de
piel. Los adornos eran auténticos, chiquito, pero, decía una americana, “No sé qué me
pasa, pero cuando vengo y me siento aquí, no me quiero ir.” [Risas]
ML: ¿Tiene fotos de eso, Marcela?
MO: No, sé, la tengo que buscar. La voy a buscar. Muy bonito quedó arreglado el
restaurante en aquél entonces. Yo tenía mucha cabeza. Ahora ya no tengo tanta. Me gusta
mucho, cositas así. Pasó que también una señora dijo, “No puedo ir a comer fajitas a
ningún otro lugar más que aquí. no sé qué le pones, pero están tan deliciosas y lo que más
me gusta es que no hay grasa.” Pues, no, no le pongo grasa. [Risas] Y así pasó el tiempo,
mucha gente, y después pasó lo de la separación de Enrique y yo, y se fue para abajo.
Lógico, uno tiene que pagar las consecuencias. Cuando uno actúa mal, hace cosas

�Marcela Ortega

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que no debe de hacer, uno paga. Inclusive cuando vive en una casa, ya está con su esposo
y se separa la casa como que se ve triste. Yo estoy de acuerdo en eso, siempre. Bueno,
pasó el tiempo, la cerré. No hubo más. Se acabó. Pero yo ya tenía mi plan, dije, limpieza.
No, vender comida a las construcciones. Me fui a las construcciones. Yo era la única
lonchera y la gente me esperaba. Yo llevaba mi olla de frijoles, tacos, y ellos se servían,
tortillas hechas que les gustaban. Pasó el tiempo, después vino más gente y yo lo dejé, ya
no podía vender lo que yo vendía, dije, ya no. Mi cuadro de limpieza.
ML: Cuando usted vendía a las construcciones, ¿cuáles eran las zonas a las que
usted iba?
MO: Las zonas a las que yo iba principalmente era Mount Pleasant, todos esos
shopping centers nuevos, donde está Lowes todo eso, yo lo vi crecer.
ML: El Town Center.
MO: Uh-huh, el Town Center. Todas las casas de las colonias que están para
arriba, las vi crecer, todas.
ML: Todo Mount Pleasant.
MO: Yo estaba en Mount Pleasant.
ML: Ya se había mudado.
MO: No, todavía no, porque yo hacía varias cosas a la vez.
ML: [Risas] Sí, se ve.
MO: Tenía una muchacha, estoy hablando cuando Emanuel ya está grande, y
Daniela. Mi niña nació en el 95 y ella no fue al Rural Mission. Yo tenía alguien que me
ayudaba en casa, la cuidada y cuidaba a Emanuel. Mi niña Dani ella sí fue una niña muy
tranquila, pero Emanuel no. Una vez que se enojó con la niñera, ya tenía cuatro años, y se

�Marcela Ortega

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fue a la calle y ella no se dio cuenta.
Pasaron como tres bloques y él caminando en la calle, hasta que una señora que
vivía por ahí, por la calle esa, estaba platicando con una amiga y dice, “Mira, un perrito,
lo van a atropellar,” de lejos, nada, cuando se acercó pues era Emanuel. Ya lo recogieron
y todo, pero toda la isla se enteró. Dije, madre santa, con que la policía no se entere, sino
me lo quitan. Yo andaba trabajando. y mi niña no, fue más tranquila.
Tenía a la muchacha ahí, me la cuidaba y cómo lo querían a los dos la muchacha
esa. Vivía ahí, dormía ahí y todo. Una anécdota: ella hubo una mañana, ella siempre le
llevábamos cosas, nos hacía la comida, entonces un día en la mañana, ya todos listos para
irnos a llevarlo a Emanuel a la escuela, escuchamos un llorido de niño. Yo dije, como
cosa de mala, dije, “¿Qué es eso?” Estaba en el pasillo. Enrique estaba ahí, se puso así,
“¿Qué es eso?” Un niñito. Y otra vez, y oí, “Ah, ah, ah.” “Alex, Alex.” Ah, le hacía.
“¿Qué pasó?” Tenía atrancada la puerta del baño, pero había otra puerta por mi recámara.
No estaba atrancada.
Entro y la imagen que veo, ella sentada con el niño en la taza. No sabíamos que
estaba embarazada. ¿Cómo le hizo? No lo sé. Mi sobrina estaba ahí y dice que ella sentía
que se metía entre la pared del susto. Todos nos espantamos. Dije, “¿De quién es ese
niño?” Pero deje de eso, ¿cómo estaba el niño ahí? Entre el agua, en la taza del baño. Y
ya que les grito, todos espantados y le hablamos al 911, ahí con el ombligo la senté y
todo. Fue un susto muy grande. Después supimos que era de uno de los que vivía ahí.
Me enojé mucho. Él se fue, no se hizo responsable. Pero eso fue un gran susto que
nadie nos dábamos cuenta que ella estaba embarazada. Y ya más adelante, ella se fue,
pero esa fue una de las cosas, pero el niño grande ahorita. Se salvó. Esa es una anécdota

�Marcela Ortega

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que tampoco se me olvida. Así es la vida. Pero también no se me olvida cómo sufrían los
inmigrantes, mucho, las familias.
ML: Llevamos casi una hora y media de entrevista, ¿qué le parece si usted me
regala otro día? porque hemos estado hablando de su trabajo en la isla y yo sé que usted
es una mujer empresaria.
MO: Ah, gracias.
ML: A mí me gustaría darle tiempo a su vida después de salir de la isla y a qué
otros trabajos usted se ha dedicado y cómo ha visto crecer la comunidad. Y yo creo que
nos va a llevar otra hora.
MO: [Risas] Está largo.
ML: Si a usted le parece bien, ¿le parece bien?
MO: Sí, claro.
ML: Vamos a cortar aquí y entonces nos juntamos la semana que viene y hacemos
la segunda parte.
MO: Sí, está bien.
ML: No quiero apurar todo lo que usted tiene para contar. ¿Le parece bien?
MO: Sí, no hay problema.
ML: Muchísimas gracias.
MO: Gracias.
End of recording.
MLL 6/7/2019

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                  <text>The oral histories in this collection were produced by The Charleston Oral History Program at the Citadel. Founded in 2008, The Charleston Oral History Program at the Citadel seeks to deepen understanding of the Lowcountry’s rich history and culture through the gathering and presentation of recorded memories from area residents.&lt;br /&gt;&lt;h3&gt;Search Tips&lt;/h3&gt;
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                  <text>&lt;h3&gt;&lt;strong&gt;The Citadel in War and in Peace&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/h3&gt;
With generous support from the &lt;a href="http://www.schumanities.org/" target="_blank" rel="noreferrer noopener"&gt;Humanities Council of South Carolina&lt;/a&gt;, The Charleston Oral History Program at the Citadel collected thirty interviews with Citadel alumni regarding their experiences during WWII. Journalist and historian Jack Bass conducted the interviews during the Fall of 2008.They serve as a powerful testament to the veterans' experiences and their critical contributions to the war effort.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*To search interviews in this series, use the following terms utilizing the Boolean search option:&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- World War II"&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;"The Citadel in War and in Peace -- Korean War"&lt;/li&gt;
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&lt;em&gt;*To search this series, type "Women in World War II" into the search bar, using the Boolean search option.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;
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              <text>Marina López</text>
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          <name>Interviewee</name>
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              <text>Marcela Ortega</text>
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              <text>Goose Creek, South Carolina</text>
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        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                <text>Oral History of Marcela Ortega, interviewed by Marina López, 31 May, 2019</text>
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                <text>Latin Americans</text>
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                <text>Marcela Ortega was born in a rural area of the state of San Luis Potosí, Mexico. When she was nine years old, her family moved to Tampico, Tamaulipas. In 1989, she decided to immigrate to the United States to build a more prosperous future for the son she was expecting. Ortega and her husband arrived at Johns Island, SC to work in a store that sold beverages to migrant workers. Shortly after, Ortega began cooking and selling food to the agricultural workers who worked in Johns Island fields and surrounding areas. In the early nineties, responding to the growing community's needs, she established El Mercadito, the first Hispanic store on Johns Island. Later, she opened La Huasteca, a Mexican restaurant. In the interview, Ortega describes Johns Island at the end of the eighties and in the nineties and reflects on the changes she has witnessed. Finally, she remembers participating in numerous cultural events as a dancer and takes pride in the fact that her story has been featured in the local newspaper, the Post and Courier. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcela Ortega nació y vivió hasta los nueve años en una zona rural del estado de San Luis Potosí, México y luego se mudó junto a su familia a la ciudad de Tampico en el estado de Tamaulipas. En el año 1989 decidió emigrar a los Estados Unidos para construir un futuro más próspero para el hijo que estaba esperando. Junto a su esposo se estableció en Johns Island y comenzó a trabajar en una tienda que vendía bebidas y algunos otros productos a los trabajadores migrantes que llegaban a la isla en la época de la cosecha. Poco después, Ortega comenzó a vender comida en los campos no sólo de la isla, sino de poblaciones aledañas. A principios de los noventa, respondiendo a la necesidad de la comunidad que comenzaba a crecer, estableció El Mercadito, el primer negocio de venta de productos hispanos en Johns Island. Posteriormente también abriría un restaurante llamado La Huasteca. En la entrevista, Ortega recuerda la vida en Johns Island al final de la década de los ochenta y los noventa y reflexiona acerca de los cambios que ella ha observado. Finalmente, cuenta que participó bailando en numerosos eventos culturales y que se enorgullece de que su historia haya sido contada en el periódico local Post and Courier.</text>
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                <text>The Charleston Oral History Program at the Citadel</text>
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            <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
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                <text>2019-05-31</text>
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                <text>Materials in The Citadel Archives &amp; Museum Digital Collections are intended for educational and research use. The user assumes all responsibility for identifying and satisfying any claimants of copyright. For more information contact The Citadel Archives &amp; Museum, The Citadel, The Military College of South Carolina, Charleston, South Carolina, 29409.</text>
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